Century City 02

El 13 de junio de 1972 la principal explanada al aire libre del centro comercial de Century City refulge al sol del mediodía. La ciudad de Los Ángeles se muestra como lo que siempre será, la descolorida realidad de una foto abandonada a la intemperie. Colores pálidos donde la vida se reveló dentro de una cubeta de productos tóxicos, efluvios de un nuevo sueño hecho pedazos.

La fotografía se difunde ya en el espacio y en el tiempo. Primero, a toda la nación, impresa en la contraportada de la edición vespertina del diario Los Angeles Times. Segundo, a todos aquellos que accedan al archivo fotográfico de la Biblioteca de la Universidad de California, en 325 de Westwood Plaza.

Postal, tinta gris, reflejo en un espejo roto.

La fotografía es.

13 de junio de 1972.

 

Gerry Brooks presenta el concurso “la mona más bella del mundo” para la red de emisoras de la KMPC. En su contrato laboral este tipo de trabajos aparecen recogidos en el epígrafe 8.2, según la legislación de medios de comunicación del estado, donde se regula las retrasmisiones radiofónicas fuera del estudio de grabación central. Incluye dieta, gasto de desplazamiento retribuido y tres horas de libre disposición, fuera de la jornada anual efectiva, sin carga sindical. No incluye, por supuesto, la obligación de vestir el tipo de traje que lleva en este preciso momento, cuando alza el brazo derecho y enfatiza con este gesto teatral el que será el nombre de la ganadora. La corbata le sienta bien, la tela de la americana suaviza con su claridad ajustada la línea de sus hombros elevados, su aspecto tosco, la postura agresiva, como de entrenador de segunda en la NFL. Si el sol fuera un asesino, Gerry habría encontrado la muerte perfumado en el aroma de una transpiración abrupta, la camisa blanca de tergal empapada, la corbata en la diagonal de los rayos de luz solar, el corazón arropado dentro de la americana, y su voz modulada, resultona, cálida; tan cálida como el mediodía del verano cercano. Pero él pude con todo, con el calor, con el bochorno del concurso; él resiste allí de pie. Es el precio de la fama. Y Gerry piensa ya en las tres horas libres que le corresponden y en aquel motel, no lejos de la estación central, donde piensa volver a sudar, ahora ya si nada de ropa, a la mañana siguiente, cuando se despida de su mujer tras el desayuno desangelado, como si se tratara de otro anodino día de trabajo, el contrato laboral oculto en un cajón, traspapelado, lejos de ciertas miradas inquisitivas. El nombre de su amante ya en los labios, justo ahora, cuando alza el brazo derecho y de su boca brota…

 

Sobre la plataforma, a un metro diez de altura, Paula Dobbins sostiene la cartulina con su número. Lo de las gafas de sol ha sido idea suya. Los tipos de la organización sólo le han dado la careta de mono. En realidad, a ella le importa bien poco el concurso. Es más, lo ve ridículo. Lo hace por su novio. Porque él se lo ha pedido. Prueba, ha dicho. Los dos estaban de compras, o a punto de ello. De hecho, acababan de aparcar en el parking norte de Century City. No tiene muy claro qué hace allí arriba, a un metro diez de altura, sobre las cabezas de los curiosos. Tal vez el jurado la haya elegido por las gafas. Es extraño. Cuando le han dicho que pasaba a la fase final, junto con esas otras cuatro monas más, bueno, no le ha hecho mucha gracia. No ha saltado de alegría. Se supone que el número 13 trae mala suerte. Y ese número figura en la cartulina. El trece. Su número de concursante. Ahora, en cambio, casi sonríe. Ahora, casi, bueno, hasta le gustaría que el presentador del concurso dijera su nombre. Sólo por fastidiar a su novio. Está harta de probar. Quiere ganar. Por una vez, lo desea. Venga, di mi nombre, piensa. Entonces el presentador alza el brazo derecho y se dispone a dictar sentencia. Mi nombre, piensa ante la atenta mirada de su novio, a diez metros bajo sus pies, entre los curiosos, ojos ocultos bajo unas gafas de sol, rostro cubierto por el látex de una máscara, luz de este mediodía caluroso, ganas de hacer mono. Di mi nombre.

 

A Barbara Westerland no le han entregado la cartulina con su número de concursante. Tampoco es algo que necesite. Barbara va por libre. Es la máxima que rige su vida. A los del club esto les desconcierta. No comprenden dónde está el límite. Mira, Barbara, le dicen, a los clientes hay que serviles lo que piden, ¿lo pillas? Y así una y otra vez. Si uno de esos capullos te grita desde la otra punta de la barra un Glenfiddich doble con agua es lo que tienes que servirle… Sin embargo, ella siempre les interrumpe. Oye, no me sermonees. Tal vez el tipo haya pedido un Glenfiddich pero se nota a la legua que lo suyo son los Vodka Martines. Luego, llega el silencio. Tres o cuatro días más tarde, suelen despedirla (en aplicación del epígrafe 12.5 del contrato a tiempo parcial en Hostelería y Ocio, revisión diciembre 1971). Capullos. Le vendría bien ganar este concurso. Ser “la mona más bella del mundo” es todo lo que necesita en este momento. La libertad es un asunto muy delicado; los principios, también. Y Barabara va siempre así, por libre. Es la máxima que rige su vida.

 

Y de qué le ha servido mirarle a los ojos. De nada. Erlynn Bauer sostiene la cartulina con el número cinco. Todo irradia ese matiz falso, esa luz difusa, de lo imaginado, de las ensoñaciones. Todas las promesas que, un día, él le dijo. Todas son ahora papel mojado bajo este sol brillante, asesino. Dentro de unos minutos, cuando esta pantomima terminé, ella caminará una vez más cogida de su mano por Lincoln Heights, por Mission Road, por Wilshire Boulervard. A lo máximo, ella se detendrá de repente, en mitad de la avenida. Entonces, él la mirara. ¿Te pasa algo, Erlynn? Y ella levantará la cabeza y afrontará esa mirada. Nada, será su respuesta. Mañana ira a la peluquería. Tal vez se corte el pelo. Luego vendrá otro día. Tal falso como éste. De nada. Para eso ha servido mirarle a los ojos. Erlynn es una buena chica, obediente. Una chica disciplinada. Tal vez por eso el disfraz de mona me sienta tan bien, piensa Erlynn. La dulce Erlynn. Levanta la cabeza, chica, venga, el presentador de esta pantomima está a punto de decir el nombre de la ganadora. Es hora de afrontar la mirada del destino.

 

Está tan emocionada. Sus amigas no se lo van a creer cuando se lo cuente por carta el próximo miércoles. Y claro que hay concursos de belleza en el barrio de Jung-gu, a las afueras de Seúl. Faltaría más. Pero en éste, ella, Hye Sun, ha llegado a la gran final. Incluso pude ganar. ¡Qué emoción! Ama esta ciudad. Los Ángeles. Hye Sun ama Los Ángeles. Ya se había presentado a otros concursos de belleza desde que llegó aquí hace un año. Siempre sin fortuna. Sin embargo, hoy, siente buenas vibraciones, como dicen aquí. Además, sus rasgos faciales asiáticos no van a ser un impedimento en esta ocasión. Tan sólo tiene que lucir su precioso cuerpo y esa cartulina con el número cuatro. Es divertido. Tan divertido. Sobre todo después de toda la semana estudiando álgebra avanzada en la universidad. Lo cierto es que empieza a estar algo cansada de tanto número complejo, de tanto espacio de Hilbert, de tanto endomorfiso diagonizable. Vale, de acuerdo, la beca se la concedieron para eso, para llenar su cabecita del algebra aplicada a las computadoras. Pero Los Ángeles es mucho más que las rejas numéricas del departamento de matemática de la UCLA. Por eso ha sido una suerte enterarse de este concurso. “La mona más bella del mundo”. Se trataba en realidad de una campaña publicitaria. En unos días se estrenará la nueva película de una saga cinematográfica de ciencia-ficción sobre unos monos que dominan la Tierra. Algo así. Las reglas del concurso no eran nada complicadas. Las participantes debían vestir lo más “mona” posible (se recomienda biquini o hot-pants), además el rostro estará en todo momento cubierto por una máscara de chimpancé proporcionada por la organización. En juego, un papel para la próxima película de la saga (contrato laboral tipo recogido en el anexo tercero de la legislación estatal de Producciones de Cine y Televisión (convenio AMPTP), supervisado por el sindicato de actores (SAG-CA)). Sería un papel pequeñito. ¿Y qué? Hye Sun adivina ya su nombre en enormes letras a lo largo de Sunset Boulervard, tan grandes y tan altas que los caracteres pueden leerse desde las costas de Corea del Sur. Su nombre. Hye Sun. 혜 순.

 

Denise D’Almeida se guarda un arma en el bolsillo. Infalible. Y no es el biquini rojo que se ha comprado para la concurso. Ni los zapatos de tacón alto. Ni esa suave capa de aceite bronceador que se ha extendido para que sus curvas lubriquen todavía más las mentes del jurado. Su arma oculta es ella. Denise D’Almeida, concursante número dos y amante secreta de Gerry Brooks, el presentador estrella de la red de emisoras de la KMPC. Que Gerry ni siquiera se haya dado cuenta todavía de su presencia allí le resta puntos como amante. ¿Acaso los dedos de él no han recorrido su cuerpo de arriba abajo, el mismo que brilla ahora de manera seductora, bañado bajo los rayos del sol del mediodía? Tan sólo por eso ella no debería acudir a la cita de mañana, en el motel situado a dos manzanas de la estación central donde él trabaja. Sería una pena. Porque arde en deseos de quitarle la ropa. Esa es su parte favorita del juego. Desatarle el nudo de la corbata, la misma que, minutos antes, su mujer habría anudado con sus fríos dedos manchados de café. Sí, Denise arde en deseos de quitarle la estúpida americana, la camisa de tergal, los pantalones acampanados, planchados con esmero. Esa es la parte favorita del juego: recuperar el cuerpo desnudo de la garras de la civilización para devolverlo a un estado de conciencia animal, el cuerpo de Gerry, su aspecto tosco, la postura agresiva de quien domina un territorio. Sí, sería una pena no acudir mañana a la cita. Ahora, en cambio, todo lo que desea es que él diga su nombre. Por eso ella sonríe cuando Gerry Brooks, presentador estrella de la red de emisoras de la KMPC, alza el brazo derecho y sus labios se disponen a pronunciar el nombre de la ganadora. ¡Quiere ver la cara de mono que se le queda cuando ella se quiete su máscara y descubra quién se oculta en realidad bajo el seudónimo de Dominique Green!

Fuente de las fotografías:

(1) Los Angeles Times photographic archive, UCLA Library. Copyright Regents of the University of California, UCLA Library.

http://unitproj.library.ucla.edu/dlib/lat/display.cfm?ms=uclalat_1429_b699_271864&searchType=keyword&k=Century%20City&w=none&x=title&y=none&z=none&s=1

(2) http://www.potamediaarchive.com/Battle.htm

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Century City 01

CENTURY CITY 01 01

Century City es un área comercial de la ciudad de Los Ángeles. También aquí encontramos desmesurados bloques de oficinas, edificios financieros y corporativos. Por lo demás, los residentes son paseantes confundidos en una maraña de tipos trajeados y dependientas con un cigarrillo a medio consumir en la mano. Nada brilla tanto como el negro reflejo de algunas de sus fachadas, cubiertas en vidrio oscuro. Millones de cables suministran la transferencia de datos y el pulso recíproco de la información.

Late. Century City late; el corazón roto.

En los años veinte del siglo pasado esta zona no era más que un erial. O lo que ciertos promotores californianos definen como erial: un inmenso espejismo de billetes de cien a medio camino del desierto de Mojave. Tal vez por eso hubo que esperar a finales de los cincuenta; cuando los precios subieron por evaporación a las nubes preñadas de dióxido de carbono y polución de la región de la bahía. Los propietarios de los terrenos dieron, entonces, el visto bueno. En el verano de 1959 Minoru Yamasaki hollaba la tierra reseca del lote 157 del Century Land Props. de la mano de Welton Becket, capo de la compañía constructora que aún a día de hoy lleva su nombre.

Qué hacía un japo de envergadura notable, enfundado en un traje blanco, y empadronado en Frisco (para más señas), con uno de los okies más frioleros de Tulsa; bueno, es todo un misterio. Las fotos de la época le proporcionan a Minoru una pala y a Welton un sombrero de fieltro. Cuatro años más tarde, el cemento y el acero dieron forma al ligeramente curvo Century Plaza, hotel de salones amplios en su planta baja, ajardinados allí donde el terciopelo rojo no alcanzó la cuota presupuestaria, y feudo de noches electorales para demasiados candidatos republicanos. El inmueble cuenta también otra historia, ya que fue el lugar desde el cual Ronald Reagan lanzó un avión de papel. El hecho, registrado en el libro de incidencias del hotel con fecha 7 de marzo de 1986, se produjo cuando sólo restaban tres minutos para el mediodía. Fue desde la planta trigésimo primera, precisamente desde la habitación que da acceso a la azotea sur. El objeto mencionado, el avión de papel, proyectó su vuelo indeciso, encarnado pronto en gaviota de mal agüero, y terminó cayendo en picado, estrellándose contra el asfalto reluciente de la renombrada avenida de las Estrellas, noventa y cuatro metros más abajo.

Alguien, dicen que Gay Talese, se refirió a ello como “la premonición del pasado”. A nadie se le escapaba la poca fortuna del vuelo, así como la desafortunada carrera hollywoodiense del presidente Reagan.

Por lo demás, la middle class estadounidense sigue acercándose al área comercial de esta popular zona del centro de Los Ángeles. Las tarjetas de crédito brillan, bajo oscuras bandas magnéticas, desde las carteras de los clientes a la cajas registradoras de Century City, provocando cambios de dígitos a tan sólo unos metros de allí, en los edificios financieros, a lo largo de los cables de fibra óptica, el pulso recíproco de la información. Porque late. Sí, Century City late; con un corazón roto. Es verdad, está roto. Al igual que un avión de papel destrozado, sin su forma original, incapaz de remontar el vuelo, sin vida sobre la cenicienta estrella sin nombre de una de las avenidas más renombradas de esta ciudad.

CENTURY CITY 01 02

Fuente de las fotografías:

(1) https://maps.google.es/maps?q=century+city+los+angeles&ie=UTF-8&hl=es

(2) http://www.businessimagegroup.com/Hotels_StRegis_Articles.html