Arcosanti 01

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“Future does not exist”
Paolo Soleri (1919-2013)

Acosanti es una ciudad experimental ubicada en un enclave perdido dentro del desierto de Arizona. O no tanto. Sobre todo si tomamos la Interestatal 17 en Phoenix, dirección norte, rumbo a Flagstaff, y recorremos los ciento diez kilómetros hasta la Salida 262, a la altura de Cordes Junction. Porque luego no hay más que seguir las señales y, cuatro kilómetros más adelante, aparece ya Arcosanti; esto es, una veintena de edificios inyectados allí desde comienzos de los setenta; una balsa de cemento en medio de un paisaje árido, en perspectiva cenital.

La explanada que hace las veces de aparcamiento queda a la derecha. Es bueno apearse ahí. Y eso hacemos. El mediodía marca, sin ninguna sombra de duda, cuarenta y dos grados de temperatura. Si uno cierra los ojos y se deja llevar por el sonido de alguna campana de cerámica es posible que acabe en la zona oriental, justo allí, en las primeras laderas del valle del río Aguas Frías. Hay decenas de pequeñas campanas de viento colgadas en los lugares más recónditos de los muros y espacios urbanos de Arcosanti. Por tanto, el momento de nuestra llegada y la trayectoria del viento marcarán el destino de los pasos.

Nos decidimos por esta práctica no escrita. Cerramos los ojos y nos dejamos llevar. Al cabo de unos minutos, descubrimos que no nos hemos equivocado. Abrimos los ojos y, sí, estamos en la zona oriental, aquí, donde la campana se agita encima de un firme monolito de piedra de apenas medio metro de altura.

Detrás, como a unos doscientos metros, se alza la ciudad, el contorno de sus edificios claramente perfilado contra el cielo azul, y aquí, bajo nuestros pies, bajo este monolito, se oculta la historia de amor que andábamos buscando. Porque todas las ciudades han sido fundadas sobre los cimientos inamovibles de una historia de amor. Eso dicen. Tal vez no sea más que otro dicho popular, una frase no recogida en libro alguno. Conoce a los amantes, y ese lugar nunca te abandonará. Y Arcosanti les pertenece a ellos, a Paolo y Colly.

Nos damos la vuelta y creemos verles allí, en el corazón de la ciudad, siluetas transparentes dentro de las dos construcciones que se edificaron en primer lugar, las bóvedas Norte y Sur. Fue en mayo de 1971. Paolo dirigió las obras plano en mano, con un pantalón corto caqui y una camiseta blanca de tirantes; en la cabeza, dos matas de cabello oscuro y rebelde separadas ya por una región superior craneal despejada. El sol de Arizona no descubría nada nuevo bajo su piel.

Y es que Paolo había llegado allí a finales de los años cuarenta desde la vieja Europa, movido por los aires de esperanza de un Nuevo Mundo que estaba en ciernes. Un arquitecto como él, con tantas construcciones efímeras todavía trazadas por la mano insolente de la imaginación, encontró pronto su propio espacio en aquel otro, diáfano, limpio de materiales artificiales, del gran desierto norteamericano. Mejor cuanto más al sur. Más brillante cuanto más al oeste viajaba uno.

El encuentro con Frank Lloyd Wright en la mañana del equinoccio de primavera de 1947, bajo los aleros ingrávidos del porche de la casa de este último en Taliesin West, ya en el estado de Arizona, le reveló el futuro de un desierto poblado de vida, sus diseños urbanísticos como puente entre lo inhabitable y lo humano, allí, a lo largo de una superficie yerma y seca. Pero todo aquello chocaba con los proyectos del de Wisconsin. La amistad se derrumbó al cabo de catorce meses. Y Paolo fue desterrado al desierto. Allí permaneció, en un rudimentario campamento, junto a otros renegados, en la cima de Camelback Mountain. Allí aventuró (según declaraciones de Mark Mills) los primeros bosquejos de lo que luego sería el cuerpo central de su obra Cosmic Potentials, uno de los logros arquitectónicos más sobresalientes de mitad del siglo XX. Los planos revoloteaban por el campamento día y noche hasta quedar olvidados en los rincones de las maltrechas tiendas de tela y piedra donde sobrevivían.

Y así hubieran transcurrido los años, al menos para Paolo, de no haber aparecido por allí Nora Woods, esposa de un acaudalado empresario de la Costa Este y a quien gustaba pasar largas temporadas del invierno en las cálidas arenas de Ricavata, al norte de Phoenix, en el rancho privado conocido como Cave Creek. Alguien le había hablado a Nora de la rivalidad entre Lloyd Wright y un tal Soleri, y ella había decido darle una oportunidad al joven italiano. Le encargó el diseño y la construcción de una bóveda cerca de los establos del rancho, una especie de refugio, con motivos indios y mexicanos. Una excentricidad como otra cualquiera. Es posible que guiada por alguna sugerencia a medio camino entre lo tribal y lo intelectual a cargo de su única hija.

Una tarde, meses después, cuando Paolo Soleri apenas llevaba unas horas en la construcción de la citada bóveda, el plano impoluto aún en la mano, una camisa a modo de poncho liviano, el mismo revoltijo de cabello rodeando la cabeza, ella se acercó a él. Y pese a que Colly era una muchacha que podría haber tenido cualquier cosa con tal de chasquear los dedos, no dudo en acercarse a Paolo. A sus pies, los cimientos que albergarían la futura construcción. El amor nació así, entre aquellos materiales artificiales; cemento, acero y cristal. Se edificó así. Sobre los cimientos de aquel momento. Un año más tarde, en 1949, Colly Woods se convertiría en Colly Soleri, bajo la bóveda que ambos alzaron, no muy distinta de aquellas otras dos (las bóvedas Norte y Sur) que fueron, en 1971, las primeras edificaciones de Arcosanti, germen de una futurista ciudad experimental, proyecto personal, lugar utópico donde la ciencia ecológica serviría de puente para hacer del desierto un espacio lleno de vida, donde el sol y el viento serían fuentes energéticas transformadoras, cósmicas, bases de una nueva sociedad, donde el amor fuera también el corazón de unas metrópolis más acogedoras, elevadas no ya sobre los cimientos de una historia de amor sino construidas, piedra a piedra, gracias a cientos, miles, innumerables historias de amor; como la de esta historia, la de esta ciudad, la de Arcosanti, la ciudad de Paolo y Colly.

Y hacia allí nos encaminamos ahora, tras dejar a nuestra espalda la campana inmóvil encima del monolito de piedra que señala la tumba de los amantes. Colly falleció en 1982; Paolo lo haría treinta y un años más tarde. Porque un nuevo tintineo ha llamado nuestra atención. Y ya sabemos que hay decenas de pequeñas campanas de viento colgadas en los lugares más recónditos de Arcosanti. En los Bloques Residenciales Este y Oeste, en el Invernadero, en el Anfiteatro al aire libre, en las salas de Archivo y Documentación, en el Taller de Cerámica, en las aulas del Laboratorio Medioambiental, en la planta de Placas Solares y, por supuesto, en la zona oriental, justo aquí, en las primeras laderas del valle del río Aguas Frías. A lo largo de la pequeña ciudad, campanas de viento hechas a mano, con la cerámica extraída a la tierra desquebrajada del desierto. Campanas, aquí y allí, menos en las bóvedas Norte y Sur. Allí no. Porque aquellas fueron las primeras edificaciones de Arcosanti, corazón de la ciudad, y lugar donde ahora dos siluetas trasparentes se observan en silencio, cada una bajo una bóveda diferente, hasta que ella se acerca a él. Y pese a que Colly es una muchacha que puede tener cualquier cosa con tal de chasquear los dedos, no duda en acercarse a Paolo. A sus pies, los cimientos que albergan ya la futura construcción. El amor entre ellos nace así, entre aquellos materiales artificiales; cemento, acero y cristal. Se edificará así. Sobre los cimientos de aquel momento eterno. Inamovible. En Arcosanti.

Soleri2Paolo Soleri y Colly Woods en Cave Greek, Phoenix, invierno de 1948

 Fuente de las fotografías:

(1) http://www.arcosanti.org/node/8395

(2) http://www.arcosanti.org/node/10918

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