La Estancia de Cafayate 03

Kariv se pregunta en qué momento quiso ser soldado. El arma reposa en la mesa de su habitación, delante de él, frente a la ventana. Kariv tiene las palmas de las manos apoyadas en las rodillas. Está sentado, con la espalda muy recta pero sin rozar siquiera el respaldo de la silla. Las articulaciones de los dedos le duelen de esa forma tan gratificante que él relaciona con el hormigueo muscular del tríceps sural cuando ha corrido sus doce kilómetros diarios. Percibe aún, en las yemas de los dedos, el frío roce del metal. El arma, un fusil de asalto IMI Galil ARM, consta de 57 piezas. Todas están a la vista ahora, sobre la mesa. La luz que entra por la ventana arranca destellos en los bordes del metal y, también, en la parte central de la mesa de madera barnizada. Es una luz impetuosa. Una luz que calienta el acero. Hace justo doscientos trece segundos la mayoría de las piezas estaban ocultas, en la tibia oscuridad; ahora, en cambio, este mecanismo letal ha salido a la luz y el soldado Kariv Edelstein lanza su pregunta al aire enrarecido de sus pensamientos.

Busca el instante exacto. Día, hora y segundo. Para ello desmonta los procesos mentales, las decisiones tomadas. Echa el tiempo atrás, ilumina las zonas congeladas de sus recuerdos, hace arder la oscuridad. Busca una revelación, en el pasado, que explique el presente. Lo que ahora es. Un soldado. Como un día lo fue su padre. Un soldado.

No es que odie a su padre. No podría. Le vio llorar tantas veces que le resulta imposible. Es más, se odia a sí mismo por no odiarle. El odio es como una lágrima, piensa Kariv, se derrama, brota de los ojos cuando estos contemplan algo injusto, irrecuperable, algo valioso que nos ha sido arrebatado. No se puede controlar, el odio, al igual que no se puede redimir una lágrima. Eso piensa Kariv. Por eso no entiende nada. Tal vez porque su padre ha llorado por los dos. Tal vez por eso no lo odia. El rostro de él arrasado por las lágrimas, el suyo seco como las colinas de Judea.

No fue el odio lo que le hizo ser soldado. ¿Fue entonces el no odio a su padre? ¿Por eso firmó aquel papel después de cumplir los tres años de servicio militar obligatorio? Lo cierto es que aquel papel, tras su firma, no le convirtió en un soldado. Ni siquiera el nuevo uniforme que le dieron a continuación en intendencia le sentaba bien, y eso que era de su talla. Recuerda la hoja doblada en el bolsillo de su camisa, junto con el pasaporte para llegar al cuartel de Eilat, donde le habían destinado. Llamó a su padre desde el aeropuerto de Tel Aviv. Rosetones de sudor parecían flambear su camisa caqui en distintos puntos distribuidos al azar. La cabina de teléfono estaba colocada a una altura inusual, demasiado baja para la postura habitual de un adulto. Sin embargo, era la única libre. No quiso esperar. ¿Y si las fuerzas le fallaban? Encorvó la espalda, descolgó y marcó el número del Servicio Postal de la Ciudad Vieja, donde trabajaba su padre. Había salido, le dijeron. Era la hora del reparto en el muro.

¿Quiere dejar algún mensaje?

No se preocupe. Gracias.

Descolgó. Se incorporó, contrariado. Tal vez fuera mejor así. Giró la cabeza a la derecha. Observó el panel electrónico con la hora anunciada en pequeños puntos de luz roja y, justo debajo, en dos columnas, una lista con los próximos vuelos en puntos de luz amarilla. Se volvió. En frente, los ventanales que daban a las pistas de aterrizaje herían sus ojos al dejar pasar tanta cantidad de luz. Encaminó los pasos hacia la tienda de souvenirs. No necesitó entrar. Tomó una tarjeta postal al azar del mostrador vertical y tubular que había afuera. Pagó con una moneda de diez shequels. Compró también un sello. El dependiente le indicó dónde estaba el buzón del aeropuerto. Tenía tiempo. Tanto tiempo. En una fila de bancos metálicos vacíos escribió su lamento en el reverso de la tarjeta. Indicó el nombre de su padre en el destinatario, así como la dirección donde trabajaba y, también, en el encabezamiento de su petición, no olvidó escribir la consigna “Al Todopoderoso”. De esa manera sabía el personal del Servicio Postal de la Ciudad Vieja que había que entregarla en el Muro de las Lamentaciones. Todas aquellas cartas que llegaban a Jerusalén, todas ellas vertidas en sacos encima de la mesa de trabajo de su padre, quien las ordenaba y preparaba para acercarlas al muro. Todas aquellas lamentaciones. Como la que acaba de escribirle.

Lo siento. Ahora soy como tú.

Un soldado.

Como un día lo fue él, su padre.

Lo que ahora es.

El instante exacto. Día, hora y segundo.

Las piezas encima de la mesa. El arma reglamentaria una vez más desmontada. Las decisiones tomadas. Los procesos mentales. Una revelación, en el pasado, que explique el presente. Lo que ahora es. Día, hora y segundo: en pequeños puntos de luz roja encendidos en la zona superior del panel de control de vuelos del aeropuerto de Tel Aviv; en el matasellos impreso en lateral izquierdo del reverso de una postal; en las regiones circulares húmedas repartidas al azar por la camisa militar, lágrimas exudadas desde el corazón.

¿Fue entonces?, se pregunta.

Y la pregunta queda sin respuesta. El sonido de la bomba hace temblar el cristal de la ventana de la habitación. El cálculo que hace Kariv sitúa el centro de la detonación en una horquilla de entre dos kilómetros y dos kilómetros y medio al sur o suroeste. Doscientos trece segundos más tarde, los dedos arden y las 57 piezas inofensivas que yacían encima de la mesa configuran ahora una única pieza letal, un fusil de asalto IMI Gail ARM. Su walkie-talkie de emergencia lanza un pitido agudo, acompañado por una señal luminosa en lateral izquierdo, junto al interruptor de encendido. Cuando lo conecta, el soldado Kariv Edelstein ya ha abandonado la habitación, la gorra de visera en la cabeza, el uniforme caqui arropando su cuerpo compacto, y el arma al hombro.

 

Fuente de la fotografía:

http://www.lec.com.ar/es/quienes-somos/sustentabilidad/

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s