La Estancia de Cafayate 02

Cafayate dos

María recuerda las palabras de su abuela. Cuídate del demonio. Eso le dijo, antes de que ella bajara al valle y abandonara el poblado, en lo alto cerro, donde sólo había ya miseria. El demonio se oculta más allá del tiempo, en el lugar más oscuro. Y le dio un hueso, tan pequeño, tan pulido, la falange distal de un dedo medio. Tan pequeño, el hueso. Diminuto. Eso le dio su abuela. La parte ósea de un dedo corazón. Y María emprendió entonces el camino; del cerro al valle, paso a paso, al corazón del valle, donde habían abierto aquel complejo residencial exclusivo. De la miseria al lujo; del hambre a la opulencia. La Estancia de Cafayate. Hasta allí fueron llegando, siervos y señores; los  primeros, de los poblados de alrededor; los segundos, peldaño a peldaño, desde los jet privados, aves de metal que aterrizaban en la pista construida ex profeso en Ciudad de Cafayate, hombres y mujeres procedentes de Nueva York y Londres, Tokio y Johannesburgo, Zúrich y San Paulo, Shanghái y Medellín, Stuttgart y Doha. Un arca de Noé rehabilitada para albergar el poder de unos pocos, de unos elegidos.

Ahora, meses más tarde, las palabras de su abuela continúan marcadas a fuego en la memoria. Cuídate del demonio. Ahora, las entrañas de María arden. Allí, en el centro de su ser, ella lo siente: un amanecer de sangre, un aliento de calima arenosa, un cuerpo de lava. Allí, en las entrañas, el fruto de una nueva vida echa raíces. Allí, el infierno se desata; en sus entrañas. Una nueva vida nace.

María se sobrepone. Su cuerpo menudo recobra la verticalidad perdida. Se coloca bien el gorrito, alisa la parte baja del delantal. Aparta ese mechón de pelo rebelde; lo recoge detrás de la oreja izquierda. Avanza, plumero en mano, hasta la repisa del hogar de la chimenea del gran salón noble. Paso a paso, atraviesa el espacio barroco y vacío a esta hora del día, cuando apenas quedan veinte minutos para que una cuadrilla de camareros en traje de dos piezas (chaqueta blanca, pantalón negro) se coloque en fila junto a la puerta presto a servir el aperitivo; cuando el silencio sea roto por las risas de los jugadores y espectadores del partido de polo a punto ya de finalizar.

María se detiene frente a la repisa de la chimenea; un charco de luz a sus pies. Mira a un lado y a otro. Del ventanal, a su izquierda, junto con los rayos del sol, le llega también la imagen cercana de la piscina, con sus guiños de resplandor acuoso. Próximo al trampolín, alguien se broncea sobre una tumbona, los ojos cerrados, embadurnado en sudor y aceite, la respiración relajada, el vientre flácido, ingrávido, ausente a la ausencia de vida. María mira ahora al frente, donde unos ojos negros, como pedazos amorfos de carbón, le devuelven la mirada desde un espejo enorme, colocado encima de la repisa, justo detrás de un reloj del siglo XVIII que ahora ella toquetea con dedos temblorosos. Busca una abertura. En cambio, el espejo proyecta la imagen de otros dedos, los de su amante, impacientes en la noche, largos, viscosos, de uñas afiladas, las garras en verdad de un demonio, allí, su semilla depositada ahora en su vientre. ¿El demonio? El demonio se oculta en el lugar más oscuro.

María se ve sobresaltada, un sonido sordo, cuando por fin abre el reloj. A la vista, al girar el cuadrante que pivota gracias a dos bisagras oxidadas, las entrañas se hacen presentes en forma de ruedecillas y engranajes, resortes y muelles, hierro y plata. Las entrañas. Y en un lateral, queda un hueco, un espacio donde depositar su amuleto. Y allí lo deja. En el corazón de aquel reloj, la falange distal de un dedo medio, tan pequeño, tan diminuto, el pedazo óseo del dedo corazón de un bebé; allí, queda su amuleto, allí residirá, para alejar al demonio. Cuídate de él, María. ¿El demonio? Sí, mi niña. Es astuto y se oculta más allá del tiempo, en el lugar más oscuro.

Y María cierra el cuadrante del reloj. Unos ojos negros le sonríen desde el espejo. Incomoda, aparta la mirada sólo para encontrar la misma sonrisa en otros ojos, en los que ahora la miran desde el borde de la piscina, los de su amante, tumbado en una hamaca de tres piezas de tela anaranjada, la parte frontal del cuerpo expuesta al sol.

Entonces, una explosión la sobresalta de nuevo. Un sonido atronador. El cristal estalla. Mil pedazos de la realidad, mil reflejos de sí misma, mil veces María, todos caen desde la repisa de la chimenea, hundiéndose en aquel charco de luz que yace a sus pies, rayos de sol procedentes del ventanal a su izquierda.

En algún lugar, mientras, en el alto de los cerros andinos, el demonio toma una vez más lo único que sobrevive a la miseria de sus pobladores. La vida.

 

Fuente de la fotografía:

http://www.lec.com.ar/es/quienes-somos/descripcion/

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