La Estancia de Cafayate 01

Cafayate

Con los ojos cerrados, Townshend Stith Brandegee III sentía la inmensidad de lo que le rodeaba de una manera distante y a la vez profunda. Tumbado en una hamaca de tres piezas de tela anaranjada, la parte frontal del cuerpo expuesta al sol, él era tan insustancial como la imagen que proyectaba a los demás con esta actitud autocomplaciente. Las cintas elásticas del bañador de tiro bajo y corto de pierna marcaban surcos amoratados en el contorno de la cadera y de las ingles. Las gotas de sudor, al resbalar sobre la piel, le recordaban dónde estaba. Salvo eso, todo era oscuridad. Libertad absoluta. Infinitud. Bienestar. Calma. Paz. Un yo físico y mental bronceándose en el centro de los valles Calchaquiés, a los pies de los cerros andinos, no lejos de la frontera con Bolivia.

También estaba la cuestión auditiva. Uno puede cerrar los ojos de manera natural. ¿Debería existir una membrana que taponase voluntariamente los conductos auditivos? No. Esa pieza no encajaba en la Teoría de la Evolución. Así que Townshend Stith Brandegee III minimizó el cloqueo del agua de la piscina cuando se introducía de manera intermitente en la bandeja de reciclaje. Luego, se propuso alejar las voces de aquellas dos mujeres de mediana edad que comentaban el Armand de Brignac servido la pasada noche en la cena, durante la recepción del senador vitalicio llegado de Buenos Aires. Una caterva de relinchos fue eludida de su conciencia, ignorando el partido de polo que ya se anunciaba por los altavoces. Todo sonido iba desapareciendo, borrado uno tras otro de la pizarra negra de los párpados. Rastros blanquecinos de tiza aún en el encerado. Diluidos trazos.

El susurro de las corrientes de aire servía de ruido de fondo cuando le alcanzaba. Eran voces procedentes de las ventanas y portones abiertos a lo largo de la fachada de la estancia de estilo colonial que se erguía más allá de la piscina, pasado el kiosco de música, antes del rancho y de su perímetro de vallas de seguridad. Un muro invisible custodiado por un nutrido cuerpo policial autónomo asesorado por la DynCorp e integrado por antiguos miembros de la seguridad israelí y de la TF-2 canadiense.

Nada le alcanzaba ya. Townshend Stith Brandegee III podía cerrar los ojos, taponar voluntariamente los oídos. Al fin y al cabo, él representaba al ganador en esta selección natural. El triunfo de la Teoría de la Evolución. Nada llegaba hasta aquí, hasta la Estancia de Cafayate. Nada, salvo un delgado cable de fibra óptica que unía a todos los residentes con sus inversiones. Muy lejos, en la City de Londres, el capital invertía el proceso, y mandaba órdenes de compra-venta desde no menos de siete centros financieros off-shore de manera simultánea. Con el paso de los minutos, las órdenes llegaban a los puntos de distribución, dentro de una compleja red abierta las veinticuatro horas del día, y las cajas repletas de munición tintineaban entonces al ser cargadas junto a las piezas de artillería en los camiones habilitados para ello. Nada indicaba la procedencia de las armas; sus restos, en cambio, eran fácilmente localizables tras cada ensordecedora explosión.

De repente, Townshend Stith Brandegee III abrió los ojos, ciego a la luz de sol, distante de sí mismo, mudo ante tanto vacío a su alrededor.

Fuente de la fotografía:

http://www.lec.com.ar/

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