La City 03


Cuando le pregunto al soldado de primera Thomas McCoy por el soldado John G. Ballard, me responde que le busque en el almacén de ojivas nucleares número cinco. La sonrisa mostrada al final de la respuesta me indica muy a las claras lo que muchos opinan ya de él, de John G. Ballard.

—Me cago en la puta, si ese medio chino de Ballard sigue jugando allí, con aquellas jodidas bombas, no tardará en caérsele el pito a cachos.

Es lo que piensan también, claro, sus compañeros de mesa reunidos en torno a él, en la cantina, cuando ya la ración diaria de cerveza asignada al regimiento ha agotado su existencia en forma de barril y los camareros han puesto en circulación un alcohol casero ambarino y dulce.

En el puto almacén de las ojivas nucleares, tío. ¿Te lo puedes creer?

Sí, la verdad, es incompresible. Liarse un cigarrillo allí debe ser de lo más incómodo. Por no hablar de cascársela. Un puto rollo. Da lo mismo, yo sólo me encargo de pasar las revistas eróticas dentro del cuartel, lo que haga cada uno con ellas me la trae floja. Suelta la pasta y recibirás el material. A todo color. Plastificado. Directamente de imprenta. A las revistas sólo les falta una dedicatoria de puño y letra de la tía de la portada. Y, oye, dame unos pavos más y veré qué puedo hacer. Tengo mis contactos. Me saco una pasta así. En serio. Este material está muy demandado porque, claro, los tipos de intendencia no lo añaden a la lista de bienes y mercancías solicitada a la oficina de Moose Jaw. Mucho coleccionista aquí, en este cuartel perdido a tomar por culo, en la provincia de Saskatchewan, en el kilómetro dos mil novecientos dieciocho de la reluciente autopista Transcanadiense. Bueno, eso marca el mojón situado a la altura del desvío. Claro que la cifra sólo la leemos durante el verano. El resto del año todo es nieve. Y un frío helador. ¡Con algo habrá que calentarse, digo yo!

—A mí me da, no sé, que al puto Ballard le va más el rollo de las esposas y las porras de la Policía Militar.

Está claro, nadie tiene ni idea de nada. Y hablar es gratis.

Junto al soldado de primera Thomas McCoy están sentados a la mesa el sargento Ray S. Cummings, el soldado Scott Hirsch y ese otro tan rudo, ese que tiene un bigote espeso, Lewis B. Foster creo que se llama. Da lo mismo, esta panda de degenerados ya sólo tienen ojos para el último número de Modern Man, el de diciembre, justo el que les acabo de pasar, con la portada de miss Hot Cincinnati 1958. ¡Estúpidos! Apuro mi bebida. Cierro el trato. Luego me levanto y recorro varias mesas más. Dos Playboy, tres ejemplares de The Initiation, otro par de Beads Up. No está mal. Me saco una pasta. Y no sólo tráfico con este tipo de publicaciones. Por eso he preguntado por Ballard. Necesito encontrarle. Tengo su material.

Abandono la cantina. Afuera hace frío. Un frío helador. Hiela con fuerza, con un par de cojones. ¡Puto país! ¡Qué coño se le ha perdido a la Reina en Canadá! Vale, de acuerdo, las Fuerzas Aéreas no van a habilitar una pista de despegue y aterrizaje de B-29 en el centro de Londres. No es cuestión de derribar la catedral de San Pablo para ello; y menos todavía sobrevolar el Banco de Inglaterra o la zona de Finsbury Circus con nuestra carga nuclear. Además, los soviéticos están más desprotegidos al este. En caso de ataque, penetraríamos por ahí, por el paralelo 55. Eso pone en las hojas de ruta. Al fin y cabo, recibimos órdenes. Somos soldados, contingente de una guerra que ni nos va ni nos viene. Y aquí estamos.

Camino a lo largo del patio de armas, acorto por los barracones de cocina. Se respira paz, tranquilidad. El viento aúlla en ese instante de la tarde cuando el cielo, ocultado por un manto de nubes, se muestra cansado, abatido, más muerto que vivo, más noche que día. Llego al almacén de ojivas. Entro sin llamar. Ballard está haciendo guardia en la garita colocada en un lateral, ya dentro de los gruesos muros de aquella construcción de techo alto, metálico. Todo está oscuro, excepto la luz que ilumina su rostro y el cuello de su abrigo verde oliva. Ballard lee. Sostiene un libro. Las manos aparecen en parte cubiertas por mitones de lana negra. ¡Menudo gilipollas! Le hubiera caído un buen paquete si quien hubiera entrado así, con este sigilo tan poco dado a la estridencia, luciera dos estrellas en la solapa. Ballard lleva el fusil al hombro. Está de pie. Se le ve concentrado en lo suyo, lejos de la tarea asignada.

Espero que no sea Guerra y Paz. No pude con la película.

Levanta la mirada. Esboza una sonrisa. Me muestra la portada. Se trata de una novela de marcianos.

¿Ya han invadido la Tierra?

Pero él sigue callado. La sonrisa ha desaparecido. Nadie tiene ni puta idea de nada; salvo Ballard. Tal vez por eso me asusta verlo ahí, a sólo unos metros de la puerta doble de acero donde en realidad se almacenan las ojivas. Claro que nadie ha entrado allí. Nadie de nuestro palo. Y los tipos de dos estrellas en la solapa no sueltan prenda. ¡Joder, es demasiando evidente, no me lo trago! ¿Quién colocaría todo el material nuclear en un almacén tan grande, tan a la vista del enemigo, tan solo vigilado por un guardia y protegido por una simple puerta de acero? No cuela.

¿Lo has conseguido? Lo que te pedí…

Por un momento la voz de Ballard me traspasa como si fuera un fantasma. Me acerco a la garita, salgo de las sombras. A esta distancia descubro que no está leyendo una novela. Se trata de una revista, una de esas editadas en formato libro. Hay más en una mesa alta, junto al teléfono y la lámpara de flexo. Viejos números de Analog, de The Magazine of Fantasy and Science Fiction; alguno más reciente, distingo uno de Galaxy, con una portada que no desentonaría si Playboy la publicara en su número de primavera. Revistas de ciencia-ficción. La mayoría editadas en Nueva York. O eso tengo entendido. A mí el material me llega por otro lado, más bien por el circuito de la costa oeste.

Son muy distintos a los que se publican en Inglaterra.

Le miro a los ojos. No sé a qué coño se refiere.

Las historias, los relatos… Es como si los estadounidenses entendieran los hilos que mueven la sociedad. Las piezas clave, ¿entiendes?

Pues claro que sí. La vida es corta. Y si de paso te tiras a la rubia, bueno, eso que te llevas, ¿no? Pero no le digo nada. Eso sería “conversación de cantina”. Así nos gusta llamarlo aquí. A la cantina se va a hablar y a beber. Algunos sólo a beber, como Ballard. Por eso me gusta entregarle el material lejos de allí. Estas charlas ayudan. No sé de qué manera. En el fondo, siempre habla él. Yo sólo me dejo llevar, como un copo de nieve en la tormenta. Me dejo llevar por su voz transparente, por todo aquello que le resulta inquietante, todas aquellas brechas en la superficie de la sociedad norteamericana. Heridas descubiertas tras la lectura de esos relatos de marcianos publicados en Nueva York. La lengua de Ballard  se suelta mientras le paso el material: El número de noviembre de If y el de diciembre de Analog

El automóvil, eso los vuelve violentos, los lanza contra la tecnología, contra esa máquina de sus pasiones ocultas.

…y el extra de Navidad de The Magazine of Fantasy and Science Fiction, recién salido de la imprenta, y el fanzine Inside, con algo de retraso…

Ballard continúa a su rollo:

Y la publicidad incide ahí, en esas pasiones, los vuelve violentos, altera sus hormonas. De ahí el sexo liberador.

…y no sólo le hacía llegar revistas de ciencia-ficción, también materiales inclasificables, peticiones por las que me pagaba bien pero que ponían a prueba mi pudor de traficante de material pornográfico: folletos comerciales sobre la venta de instrumental médico para la práctica de lobotomías, la guía telefónica de los barrios residenciales al oeste de la ciudad de Los Ángeles…

La lengua de Ballard no se detiene:

Todo mezclado con el fascismo del consumo, de lo inmediato, todas las posibilidades abiertas, en una excitación física donde sólo les aguarda la muerte del afecto.

…y textos postmarxistas de la Escuela de Frankfurt, reproducciones de las obras de pintor Paul Delvaux en tamaño rectangular de tarjeta postal…

Han ocultado la realidad bajo la brillante capa de la publicidad, por eso tengo que inventarla. Sí, eso es, debo inventar la realidad con mis relatos, desenterrarla del confort, del entretenimiento, del diseño luminoso.

…y revistas de psicología experimental editadas en Boston, transcripciones de la torre de control de tres de los cinco aeropuertos del estado de Nueva York…

Estoy convencido de que la clave del presente está en el futuro, más que en el pasado. Por eso debo escribir relatos de ciencia-ficción, ¿entiendes?

Claro que sí, tío. La vida es corta. ¿A quién le importa el futuro? Sin embargo, callo. Asiento con la cabeza y me dispongo a anotar su nuevo pedido. Entonces, suenan las alarmas.

El canto de sirenas de la destrucción total.

Suenan las alarmas de combate en la base número tres de las Fuerzas Aéreas británicas en Moose Jaw, Saskatchewan, Canadá.

Pitan en mis oídos. Las sirenas. ¡Joder! Es código naranja. El sonido que brota de todos los altavoces ubicados en la base aérea indica, sin lugar a dudas, un código naranja. ¡Joder, espero que sea otro puto simulacro! ¡Por Dios que sea otro simulacro! ¡Joder! Tengo que obedecer a la llamada. El paralelo 55 nos espera. Somos soldados, contingente de una guerra que ni nos va ni nos viene.

Pero aquí estamos.

Y allí voy yo.

Me alejo a la carrera por donde he venido. Sólo me detengo cuando el brusco y compacto quejido del mecanismo de apertura de la puerta de acceso al recinto de las ojivas nucleares me golpea desde atrás. Giro la cabeza. Las luces del almacén comienzan a encenderse por filas a lo largo del techo alto y metálico. Las dos hojas de la puerta se abren de manera mecánica. Muy, muy despacio. No recuerdo que esto sucediera en los otros simulacros de ataques preventivos. El soldado John G. Ballard, en cambio, permanece muy tranquilo en su garita. Los dos cruzamos la mirada y luego la llevamos a lo que se deja entrever más allá de las puertas del almacén número cinco. Las sirenas no dejan de sonar. Despacio, muy despacio, la realidad se va perfilando más allá. El futuro aparece escrito allí, como en un relato de ciencia-ficción.

¿Preparado para subir de nuevo al Enola Gay, capitán Parsons?

Su voz me traspasa como si fuera un fantasma. Y la sonrisa mostrada al final de mi respuesta indica muy a las claras lo que muchos opinamos de él. Abandono el almacén. Afuera hace frío. Un frío helador. Hiela con fuerza. ¡Joder con la puta Canadá! ¡Qué coño se le perdió a la Reina aquí! ¡Pero qué coño se le perdió! Bien, vamos allá. Las lágrimas cristalizan en diminutas campanas de hielo pulido conforme brotan de mis ojos. Soy incapaz de apartar de mi conciencia las curvas de las ojivas nucleares; tan redondas, tan cargadas de lujuria radioactiva. Bueno, ¡con algo habrá qué calentarse, digo yo!

Fuente de las fotografías:

(1) Portada de la revista Playboy, mayo de 1968.

http://www.philsp.com/homeville/fmi/t2247.htm#A52003

(2) Interior de la revista Playboy, mayo de 1968. Fotografía que ilustra la elección de Angela Dorian como Playmate Of The Year. El automóvil es un modelo Pink AMX.

http://www.planethoustonamx.com/amc_ads/american_motors_ads.htm

(3) (6) Anuncio del modelo AMX de American Motors, publicado en la revista Playboy, mayo de 1968.

http://www.ebay.com/itm/Vintage-American-Motors-AMX-magazine-print-ad-from-May-1968-issue-of-Playboy-/221348448346?pt=LH_DefaultDomain_0&hash=item338965485a

(4) Anuncio del modelo 124 Spider de Fiat, publicado en la revista Playboy, mayo de 1968

http://www.ebay.com/itm/Vintage-FIAT-124-Spider-magazine-print-ad-from-May-1968-issue-of-Playboy-/221348448342?pt=LH_DefaultDomain_0&hash=item3389654856

(5) Anuncio del modelo C, Cortina, de Ford, publicado en la revista Playboy, mayo de 1968.

http://www.ebay.com/itm/Vintage-Ford-Cortina-magazine-print-ad-from-May-1968-issue-of-Playboy/221346921664?rt=nc

(7) Detalle de la página 118 del número de mayo de 1968 de la revista Playboy, donde se recoge el encabezamiento del relato de John G. Ballard “The Dead Astronaut”, publicado en dicha revista.

http://www.sffaudio.com/?p=41193

(8) Obra de Charles Schorre publicada en la edición de mayo de 1968 de la revista Playboy para ilustrar el relato de John G. Ballard “The Dead Astronaut”.

http://www.sffaudio.com/?p=41193

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