La City 02

City02

“El futuro será como un suburbio en Düsseldorf…”
Declaraciones de J.G. Ballard a Toby Goldstein
en la revista Heavy Metal, abril de 1982

A Ballard hay que buscarle en los suburbios que se extienden al sur de Kyoto, donde el barrio de las flores nunca echó raíces. También hay que buscarle en los suburbios de Johannesburgo, Bangkok y Milán. En la orilla septentrional del río Potomac, en los basureros aledaños a Washington D.C., dentro del perímetro industrial donde se asientan las fábricas de acero y pulpa de papel. Su rastro, el rastro de Ballard, aparece en forma de huellas ondulantes sobre la arena, muy cerca de los chamizos periféricos de Camberra, Nairobi y Ciudad Juárez. Burbujas de ese aire sucio que él suele exhalar han estallado en la superficie acuosa del extrarradio de Manila, San Petersburgo y Suzhou, en la desembocadura del Yangzi. Desde los suburbios de Santiago de Chile a los de Bombay, desde los de Barcelona a los de Teherán, desde los Montreal a los de Luanda. En todos ellos, hay que buscarle.

Y todos ellos, a su vez, configuran uno. El suburbio londinense de Shepperton. Desde allí los contempla. Una visión múltiple formada por imágenes superpuestas y proyectadas sobre el papel enrollado en el tambor de su máquina de escribir. Estamos en 1966. La tarde declina. La ciudad es un ente frío más allá las paredes del cuarto donde lleva encerrado toda la mañana. Quiere escapar de allí, de las pesadillas surgidas a la luz del día, consciente de la gravedad de lo escrito. El sonido del despertador viene en su ayuda. Alarga la mano y lo apaga. Son las cuatro y media de la tarde. Eso marcan las manecillas del reloj. Cubre el cuerpo de la máquina de escribir con una carcasa rugosa de plástico negro. Se lleva entonces el dorso de la mano a la superficie de los labios. Entreabre los dedos. Los vuele a juntar. Respira con dificultad. Por fin se levanta de la silla y abandona la habitación. Camina por el pasillo. Es una casa sencilla. Una construcción unifamiliar donde, en días soleados, Bea, Fay y Jim juegan a recoger las hojas del roble en el pequeño patio trasero. Ama a sus hijos. Ballard ama a sus hijos por encima de todas las cosas. Ninguno de ellos supera los diez años de edad. Tan pequeños, tan aferrados a la vida. Los quiere con una profundidad asombrosa. Un sentimiento único. En la cocina, bebe agua en un vaso de vidrio amarillento y conecta el cable al teléfono de pared. Prepara unos bocadillos fríos con pan de molde. Le gusta untar la mantequilla en las rebanadas. Disfruta con el acogedor impacto del cuchillo cuando golpea la superficie blanca y porosa del pan. Todo es suave, dulce, mientras las visiones de las últimas horas se alejan. Todos aquellos habitáculos de metal deformados, pertenecientes a cientos de automóviles envueltos en un nuevo accidente múltiple entre la violencia y el sexo. Todos los relatos que ha escrito. Carrocerías aplastadas. Parabrisas reventados. Neumáticos que giran libres ya del roce áspero con la lengua de asfalto. Relatos donde un Porche 911 azul oscuro enviste por detrás a un Jaguar E y éste a un Aston Martin DB5 y éste a un Mercedes-Benz 300 y éste a una furgoneta Wolkswagen Combi y ésta a un Citroën gris de dos caballos y éste a un Corvette americano descapotable y éste a un viejo modelo de Jeep Willys de la segunda guerra mundial y éste a un Mini de color rojo y éste a un Dodge alargado de llantas plateadas. Relatos de ciencia-ficción donde escenifica la muerte del afecto humano en un mundo donde la tecnología se ha hecho carne en las líneas aéreo-eróticas de un utilitario, tecnología engrasada por los fluidos corporales de sus protagonistas. Cuentos perversos, amparados en el inconsciente, abiertos a la liberación surgida tras el colapso de todos los tabúes sociales. Pero todo eso queda atrás. Todo ahora es suave, dulce. Ahora sólo le queda esto, aquello que aparece delante de sus ojos. Lo único que le mantiene en pie tras la muerte de Mary. El amor a sus hijos materializado en unos sándwich de jamón y queso. El afecto infinito, humano, racional.

Lleva los bocadillos en una bandeja al salón. Enciende el televisor. Blue Peter está a punto de empezar. Le encanta verlo al lado de sus hijos. Aprenden tantas cosas juntos, en aquel plató de televisión, con los tres presentadores y todos aquellos perros y gatos y tortugas y periquitos. Y Patch es tan divertido, siempre ladrándole a John Noakes. Fay no pude parar de reír cuando eso ocurre. ¡Qué alegría! Y Jim tiene el anuario firmado por el propio Christopher Trace, que un día visitó la escuela por sorpresa. Además Bea trata de imitar en secreto el peinado de Valerie Singleton; el cabello corto, voluminoso, algo despeinado. Sus hijos, Bea, Fay y Jim, iluminados por la luz eléctrica del televisor. Más tarde, los mandará a recoger las hojas del roble. Una cena frugal y, después, a hacer los deberes. Divisiones con tres decimales, las partes de una flor, los verbos intransitivos. Entonces los acostará. Les contará un cuento. Uno con final feliz. Tan distinto de los suyos.

La noche cerrada le conducirá al sillón del salón. Allí se apoltronará. Tal vez llamé a Michael para decirle que mañana le pasará otro relato para publicarlo en New Words. No lo tiene claro. Lo que sí sabe es que los recuerdos de la tumba de Mary, su cuerpo enterrado en el cementerio del consulado británico en una población de la Costa Blanca española, le obligarán a beber más de la cuenta. Los pensamientos se amontonarán. Afuera, el suburbio de Shepperton se desvanecerá, perderá esa consistencia pétrea de ente frío. Todo se confundirá. La televisión estará encendida, sin volumen, el dorso de la mano izquierda reposará entonces, entre trago y trago, sobre las ondulaciones carnosas de los labios. El ceño fruncido. El futuro. Cuando Path morirá de manera repentina en 1971 y Fay dejará de ver Blue Peter. El futuro, también aquí. En este instante. Cuando Ballard se entera ahora de que la BBC ha vendido aquel formato televisivo a más de veinte cadenas de todo el mundo. Tal vez le pongan otro nombre pero el esqueleto es el mismo. Otros John Noakes, otras Valerie Singleton, otros Christopher Trace. Pero el mismo programa, los mismos contenidos, iluminando en los años sucesivos los rostros de niños-perdidos en los suburbios de Alejandría y Los Ángeles, París y Hong-Kong, Río de Janerio y Jartún, Kuala Lumpur y Düsseldorf.

Todos los suburbios donde se perderá en sus pesadillas tecnológicas. Un noche más. Ballard.

City02b

Fuente de las fotografías:

(1) (2)  ‘The Moment’, por Harry North, publicado en la revista Heavy Metal, abril de 1982

http://theporporbooksblog.blogspot.com.es/2012/04/heavy-metal-magazine-april-1982-april.html

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