La City 01

City6

 

A Ballard hay que buscarle en el 18 de Purser´s Cross Road, en West London, en el distrito de Hammersmith & Fulham, la mañana del 4 de abril de 2009.

Está allí, al aire libre, de espaldas a la puerta principal de la casa unifamiliar de dos alturas donde ha luchado infructuosamente por aferrarse a la vida. Ahora, todo ha quedado atrás. Dentro de aquella casa.

Desciende los tres escalones que le conducen al diminuto pasillo de la zona ajardinada, abre la puerta de la verja y se incorpora al tráfico peatonal. Gira a la derecha. Baja hasta el cruce con Parson Green Lane. Allí se encamina en dirección a New King´s Road. Atraviesa el barrio de Chelsea, deja atrás Knightsbridege, bordea Buckingham Palace. Es una mañana de sábado gris. Sin lluvia. Desapacible. Su gabardina es una bolsa de piel mimética, que le hace pasar desapercibido entre los transeúntes. Mira inquieto a un lado y a otro. Busca algo. Un recuerdo. Un lugar donde reconocerse. Él es James Graham Ballard. Él fue, un día, parte de todo esto, aunque naciera muy lejos de aquí, en el otro extremo del mundo, allá por 1930, en Shanghái. El imperio británico nunca abandonó China. Y él no quiere abandonar todo esto. Tal vez lo odie, tal vez le gustaría ver todo lo que le rodea bajo el prisma del apocalipsis, en el instante previo a la implosión nuclear de la bomba H, en ese pulso electromagnético anticipatorio que haría de los automóviles objetos inservibles, bajo un silencio crepuscular, sus ojos alzándose una vez más al cielo para recibir la radiación bastarda de aquella otra que, siendo un adolescente, doró sus pupilas a las afueras del campo de concentración japonés donde fue recluido con tan sólo 12 años, el resplandor anaranjado del sol de Hiroshima.

En todo eso cree.

Y todo eso le mantiene ocupada la mente cuando por fin se detiene al llegar al centro financiero de Londres, al final de The Strand, ya en Fleet Street. La City se ha convertido aquel sábado por la mañana en una imagen de desolación plena, compuesta por elevadas superficies de geometría rectangular. Ahora, las torres caen. Literalmente, están cayendo. Ballard las observa, convertidas minutos más tarde en escombros a sus pies. Entonces, el cielo encapotado se abre arriba en un centenar de ojos dispuestos al azar y sus miradas azules arrojan a la tierra haces compactos de luz que sustituyen a los antiguos rascacielos de hormigón, acero y cristal. El efecto óptico gana en verosimilitud y belleza conforme las columnas de humo espeso, compuesto por cemento y papel desmenuzado, ascienden. Así, de esta manera, se devuelve el polvo al polvo.

Ballard ha muerto. El universo puede, por fin, comenzar a desintegrar los átomos que lo forman. El tiempo camina hacia atrás. Mañana será 3 de abril de 2009, viernes; y pasado mañana, jueves, 2 de abril. Ya quedará menos para empezar el mes de febrero; y menos, también, para volver a ser un niño, en Shanghái, libre del futuro que le espera.

Ballard2

Fuente de las fotografías:

(1) http://www.theguardian.com/business/2013/jul/29/austerity-banks

(2) http://www.theguardian.com/books/jgballard

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