ÍNDICE GEOGRÁFICO DEL BLOG

El blog CENTURY CITY [map] consiste en una cartografía de la novela CENTURY CITY, de Carlos Mateos. La obra obtuvo el primer Premio Hélice de Narrativa 2013 y ha sido publicada por la Diputación de Zaragoza.

Portada3

Sobre la novela se ha dicho:

“Un libro conmovedor y rupturista. Un hallazgo insólito, revelador y alentador de los talentos literarios que laten en la ciudad de Zaragoza”

MAGDALENA LASALA, Heraldo de Aragón, 18/01/2014

“Una extraordinaria sorpresa. Un brillante ejemplo de escritura creativa, arriesgada y vanguardista”

JUAN BOLEA, El Periódico de Aragón, 20/01/2014

“Lleva al lector al lugar que no sabía que podía ir. Nadie se arrepentirá de haber ido de su mano”

PEDRO BOSQUED,  Suplemento Artes y Letras, Heraldo de Aragón, 27/03/2014

El presente blog busca ser un plano referencial de los escenarios que aparecen en las páginas de la novela, así como de los hechos y las personas consustanciales al devenir histórico de estos lugares. Marco temporal a las tres coordenadas espaciales. Entropía. Línea de vida. Astrolabio. Meridiano y paralelo en un océano de palabras.

Un mapa para perderse aquí, en la gran metrópoli global del presente siglo.

¡Bienvenidos a la ciudad!

Mapamundi6

POR FAVOR, ELIJA UN DESTINO:

[01] USA / LOS ÁNGELES/ Century City / [Pinche aquí para acceder]

[02] USA / DESIERTO DE ARIZONA / Arcosanti / [Pinche aquí para acceder]

[03] ARAGÓN / ZARAGOZA / Edificio Elíseos / [Pinche aquí para acceder]

[04] UK / LONDRES / La City / [Pinche aquí para acceder]

[05] ARGENTINA / VALLES CALCHAQUÍES / La Estancia de Cafayate / [Pinche aquí para acceder]

[06] LA INDIA / REGIÓN DE GOA/ Playa de Anjuna / [Pinche aquí para acceder]

Contraportada

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La playa de Anjuna 01

Goa

El amor es infinito. Somos baterías abandonadas al sol, en la playa, cargando la electricidad transferida en forma de rayos de luz. Nuestro corazón bombea amor toda la noche. Por eso necesitamos la energía de सूर्य, desde la aurora al ocaso. La arena de Anjuna tatúa nuestra piel, nos reconocemos en la firma del artista, nos hermana en nuestra diversidad. De la aurora al ocaso; hasta la llamada de la noche. Entonces nos levantamos de nuestras tumbas abiertas en la playa cuando las olas del Índico se retiran; la región de Goa enciende sus luces detrás de nosotros con la caída del sol. Vampiros del reverso tenebroso de nosotros mismos. Tanto amor, infinito, por nosotros mismos. Nosotros, una noche más, de pie, en la playa de Anjuna, frente al océano, los últimos rayos de luz brillan en los ojos de mis hermanos y hermanas. La muerte de सूर्य. Toca ahora esperar su reencarnación, cuando la rueda del cielo haya girado lo suficiente para que सूर्य vuelva a nacer por el este.

Hasta ese momento.

Nos alejamos de la playa y nos encaminamos hacia la oscuridad donde, tras un pequeño bosque de palmeras, brilla ya el complejo turístico, sus edificaciones simulan chozas construidas tiempo atrás por pobladores hindúes. Una riada de dioses, esculpidos en arenisca a lo largo del marco de las puertas, nos contempla conforme penetramos dentro de nuestros habitáculos equipados con todas las comodidades occidentales. Una conexión a internet nos permite hacer la transferencia bancaria necesaria para alimentar la hoguera de la felicidad que la noche ha encendido. Luego llega el ritual. Una ducha. Una cena frugal. Y la sangre se dopa para limar impurezas, la mente se nubla para ver con más claridad, la química artificial estabiliza la alquimia de una realidad que nos conduce a la pista de baile, a unos cien metros de nuestras chozas, bajo la atenta mirada de piedra de un panteón hinduista. Somos dioses prodigando nuestro amor infinito. Toda la noche. Al ritmo de la música. Bombeamos de igual manera nuestro amor. Los altavoces marcan la secuencia desde la mesa de mezclas del dj. Minuto a minuto, la energía es irradiada a lo largo de la arenosa piel cubierta de tatuajes. Toda la noche. Tanto amor.

Hasta que las estrellas comienzan a desaparecer en cielo azulado.

Y regresamos a la playa de Anjuna para una última danza. Allá, de pie, sobre la arena, una riada de cuerpos arrastrados por la noche tormentosa. Eso somos. Tótems. Hermanos y hermanas. Todos. Iniciamos nuestro saludo a सूर्य. Alzamos las manos, urdhava vrikshasana, giramos el tronco ciento ochenta grados, uttanasana A, recuperamos cuarenta y cinco grados de altura, uttanasana B, horizontal apoyados con las palmas de las manos a la altura del corazón, chaturanga dandasana, giramos el tronco noventa grados con mirada al cielo, urdhava mukha shavanasana, triángulo equilátero con las palmas de las manos, la pelvis y las palmas de los pies, adho mukha shvanasana, recuperamos, uttanasana B, recuperamos, uttanasana A, recuperamos, urdhava vrikshasana, y saludo al sol, samasthitih, reencarnación, de pie, en completa relajación, somos nosotros y a la vez no, vampiros del reverso tenebroso en quien nos hemos reencarnado, al igual que सूर्य, cuya aurora enrojece ya el horizonte, auriga de su señor, dios cubierto de oro, ciego al resplandor que emite, el señor de la luz, y al que procesamos nuestro amor infinito por los siglos de los siglos.

 

Fuente de la fotografía:

http://photos.theflowerraj.org/v/collections/collection_peter_thomas/Freak-Family-Goa-1974-1.tif.html

La Estancia de Cafayate 03

Kariv se pregunta en qué momento quiso ser soldado. El arma reposa en la mesa de su habitación, delante de él, frente a la ventana. Kariv tiene las palmas de las manos apoyadas en las rodillas. Está sentado, con la espalda muy recta pero sin rozar siquiera el respaldo de la silla. Las articulaciones de los dedos le duelen de esa forma tan gratificante que él relaciona con el hormigueo muscular del tríceps sural cuando ha corrido sus doce kilómetros diarios. Percibe aún, en las yemas de los dedos, el frío roce del metal. El arma, un fusil de asalto IMI Galil ARM, consta de 57 piezas. Todas están a la vista ahora, sobre la mesa. La luz que entra por la ventana arranca destellos en los bordes del metal y, también, en la parte central de la mesa de madera barnizada. Es una luz impetuosa. Una luz que calienta el acero. Hace justo doscientos trece segundos la mayoría de las piezas estaban ocultas, en la tibia oscuridad; ahora, en cambio, este mecanismo letal ha salido a la luz y el soldado Kariv Edelstein lanza su pregunta al aire enrarecido de sus pensamientos.

Busca el instante exacto. Día, hora y segundo. Para ello desmonta los procesos mentales, las decisiones tomadas. Echa el tiempo atrás, ilumina las zonas congeladas de sus recuerdos, hace arder la oscuridad. Busca una revelación, en el pasado, que explique el presente. Lo que ahora es. Un soldado. Como un día lo fue su padre. Un soldado.

No es que odie a su padre. No podría. Le vio llorar tantas veces que le resulta imposible. Es más, se odia a sí mismo por no odiarle. El odio es como una lágrima, piensa Kariv, se derrama, brota de los ojos cuando estos contemplan algo injusto, irrecuperable, algo valioso que nos ha sido arrebatado. No se puede controlar, el odio, al igual que no se puede redimir una lágrima. Eso piensa Kariv. Por eso no entiende nada. Tal vez porque su padre ha llorado por los dos. Tal vez por eso no lo odia. El rostro de él arrasado por las lágrimas, el suyo seco como las colinas de Judea.

No fue el odio lo que le hizo ser soldado. ¿Fue entonces el no odio a su padre? ¿Por eso firmó aquel papel después de cumplir los tres años de servicio militar obligatorio? Lo cierto es que aquel papel, tras su firma, no le convirtió en un soldado. Ni siquiera el nuevo uniforme que le dieron a continuación en intendencia le sentaba bien, y eso que era de su talla. Recuerda la hoja doblada en el bolsillo de su camisa, junto con el pasaporte para llegar al cuartel de Eilat, donde le habían destinado. Llamó a su padre desde el aeropuerto de Tel Aviv. Rosetones de sudor parecían flambear su camisa caqui en distintos puntos distribuidos al azar. La cabina de teléfono estaba colocada a una altura inusual, demasiado baja para la postura habitual de un adulto. Sin embargo, era la única libre. No quiso esperar. ¿Y si las fuerzas le fallaban? Encorvó la espalda, descolgó y marcó el número del Servicio Postal de la Ciudad Vieja, donde trabajaba su padre. Había salido, le dijeron. Era la hora del reparto en el muro.

¿Quiere dejar algún mensaje?

No se preocupe. Gracias.

Descolgó. Se incorporó, contrariado. Tal vez fuera mejor así. Giró la cabeza a la derecha. Observó el panel electrónico con la hora anunciada en pequeños puntos de luz roja y, justo debajo, en dos columnas, una lista con los próximos vuelos en puntos de luz amarilla. Se volvió. En frente, los ventanales que daban a las pistas de aterrizaje herían sus ojos al dejar pasar tanta cantidad de luz. Encaminó los pasos hacia la tienda de souvenirs. No necesitó entrar. Tomó una tarjeta postal al azar del mostrador vertical y tubular que había afuera. Pagó con una moneda de diez shequels. Compró también un sello. El dependiente le indicó dónde estaba el buzón del aeropuerto. Tenía tiempo. Tanto tiempo. En una fila de bancos metálicos vacíos escribió su lamento en el reverso de la tarjeta. Indicó el nombre de su padre en el destinatario, así como la dirección donde trabajaba y, también, en el encabezamiento de su petición, no olvidó escribir la consigna “Al Todopoderoso”. De esa manera sabía el personal del Servicio Postal de la Ciudad Vieja que había que entregarla en el Muro de las Lamentaciones. Todas aquellas cartas que llegaban a Jerusalén, todas ellas vertidas en sacos encima de la mesa de trabajo de su padre, quien las ordenaba y preparaba para acercarlas al muro. Todas aquellas lamentaciones. Como la que acaba de escribirle.

Lo siento. Ahora soy como tú.

Un soldado.

Como un día lo fue él, su padre.

Lo que ahora es.

El instante exacto. Día, hora y segundo.

Las piezas encima de la mesa. El arma reglamentaria una vez más desmontada. Las decisiones tomadas. Los procesos mentales. Una revelación, en el pasado, que explique el presente. Lo que ahora es. Día, hora y segundo: en pequeños puntos de luz roja encendidos en la zona superior del panel de control de vuelos del aeropuerto de Tel Aviv; en el matasellos impreso en lateral izquierdo del reverso de una postal; en las regiones circulares húmedas repartidas al azar por la camisa militar, lágrimas exudadas desde el corazón.

¿Fue entonces?, se pregunta.

Y la pregunta queda sin respuesta. El sonido de la bomba hace temblar el cristal de la ventana de la habitación. El cálculo que hace Kariv sitúa el centro de la detonación en una horquilla de entre dos kilómetros y dos kilómetros y medio al sur o suroeste. Doscientos trece segundos más tarde, los dedos arden y las 57 piezas inofensivas que yacían encima de la mesa configuran ahora una única pieza letal, un fusil de asalto IMI Gail ARM. Su walkie-talkie de emergencia lanza un pitido agudo, acompañado por una señal luminosa en lateral izquierdo, junto al interruptor de encendido. Cuando lo conecta, el soldado Kariv Edelstein ya ha abandonado la habitación, la gorra de visera en la cabeza, el uniforme caqui arropando su cuerpo compacto, y el arma al hombro.

 

Fuente de la fotografía:

http://www.lec.com.ar/es/quienes-somos/sustentabilidad/

La Estancia de Cafayate 02

Cafayate dos

María recuerda las palabras de su abuela. Cuídate del demonio. Eso le dijo, antes de que ella bajara al valle y abandonara el poblado, en lo alto cerro, donde sólo había ya miseria. El demonio se oculta más allá del tiempo, en el lugar más oscuro. Y le dio un hueso, tan pequeño, tan pulido, la falange distal de un dedo medio. Tan pequeño, el hueso. Diminuto. Eso le dio su abuela. La parte ósea de un dedo corazón. Y María emprendió entonces el camino; del cerro al valle, paso a paso, al corazón del valle, donde habían abierto aquel complejo residencial exclusivo. De la miseria al lujo; del hambre a la opulencia. La Estancia de Cafayate. Hasta allí fueron llegando, siervos y señores; los  primeros, de los poblados de alrededor; los segundos, peldaño a peldaño, desde los jet privados, aves de metal que aterrizaban en la pista construida ex profeso en Ciudad de Cafayate, hombres y mujeres procedentes de Nueva York y Londres, Tokio y Johannesburgo, Zúrich y San Paulo, Shanghái y Medellín, Stuttgart y Doha. Un arca de Noé rehabilitada para albergar el poder de unos pocos, de unos elegidos.

Ahora, meses más tarde, las palabras de su abuela continúan marcadas a fuego en la memoria. Cuídate del demonio. Ahora, las entrañas de María arden. Allí, en el centro de su ser, ella lo siente: un amanecer de sangre, un aliento de calima arenosa, un cuerpo de lava. Allí, en las entrañas, el fruto de una nueva vida echa raíces. Allí, el infierno se desata; en sus entrañas. Una nueva vida nace.

María se sobrepone. Su cuerpo menudo recobra la verticalidad perdida. Se coloca bien el gorrito, alisa la parte baja del delantal. Aparta ese mechón de pelo rebelde; lo recoge detrás de la oreja izquierda. Avanza, plumero en mano, hasta la repisa del hogar de la chimenea del gran salón noble. Paso a paso, atraviesa el espacio barroco y vacío a esta hora del día, cuando apenas quedan veinte minutos para que una cuadrilla de camareros en traje de dos piezas (chaqueta blanca, pantalón negro) se coloque en fila junto a la puerta presto a servir el aperitivo; cuando el silencio sea roto por las risas de los jugadores y espectadores del partido de polo a punto ya de finalizar.

María se detiene frente a la repisa de la chimenea; un charco de luz a sus pies. Mira a un lado y a otro. Del ventanal, a su izquierda, junto con los rayos del sol, le llega también la imagen cercana de la piscina, con sus guiños de resplandor acuoso. Próximo al trampolín, alguien se broncea sobre una tumbona, los ojos cerrados, embadurnado en sudor y aceite, la respiración relajada, el vientre flácido, ingrávido, ausente a la ausencia de vida. María mira ahora al frente, donde unos ojos negros, como pedazos amorfos de carbón, le devuelven la mirada desde un espejo enorme, colocado encima de la repisa, justo detrás de un reloj del siglo XVIII que ahora ella toquetea con dedos temblorosos. Busca una abertura. En cambio, el espejo proyecta la imagen de otros dedos, los de su amante, impacientes en la noche, largos, viscosos, de uñas afiladas, las garras en verdad de un demonio, allí, su semilla depositada ahora en su vientre. ¿El demonio? El demonio se oculta en el lugar más oscuro.

María se ve sobresaltada, un sonido sordo, cuando por fin abre el reloj. A la vista, al girar el cuadrante que pivota gracias a dos bisagras oxidadas, las entrañas se hacen presentes en forma de ruedecillas y engranajes, resortes y muelles, hierro y plata. Las entrañas. Y en un lateral, queda un hueco, un espacio donde depositar su amuleto. Y allí lo deja. En el corazón de aquel reloj, la falange distal de un dedo medio, tan pequeño, tan diminuto, el pedazo óseo del dedo corazón de un bebé; allí, queda su amuleto, allí residirá, para alejar al demonio. Cuídate de él, María. ¿El demonio? Sí, mi niña. Es astuto y se oculta más allá del tiempo, en el lugar más oscuro.

Y María cierra el cuadrante del reloj. Unos ojos negros le sonríen desde el espejo. Incomoda, aparta la mirada sólo para encontrar la misma sonrisa en otros ojos, en los que ahora la miran desde el borde de la piscina, los de su amante, tumbado en una hamaca de tres piezas de tela anaranjada, la parte frontal del cuerpo expuesta al sol.

Entonces, una explosión la sobresalta de nuevo. Un sonido atronador. El cristal estalla. Mil pedazos de la realidad, mil reflejos de sí misma, mil veces María, todos caen desde la repisa de la chimenea, hundiéndose en aquel charco de luz que yace a sus pies, rayos de sol procedentes del ventanal a su izquierda.

En algún lugar, mientras, en el alto de los cerros andinos, el demonio toma una vez más lo único que sobrevive a la miseria de sus pobladores. La vida.

 

Fuente de la fotografía:

http://www.lec.com.ar/es/quienes-somos/descripcion/

La Estancia de Cafayate 01

Cafayate

Con los ojos cerrados, Townshend Stith Brandegee III sentía la inmensidad de lo que le rodeaba de una manera distante y a la vez profunda. Tumbado en una hamaca de tres piezas de tela anaranjada, la parte frontal del cuerpo expuesta al sol, él era tan insustancial como la imagen que proyectaba a los demás con esta actitud autocomplaciente. Las cintas elásticas del bañador de tiro bajo y corto de pierna marcaban surcos amoratados en el contorno de la cadera y de las ingles. Las gotas de sudor, al resbalar sobre la piel, le recordaban dónde estaba. Salvo eso, todo era oscuridad. Libertad absoluta. Infinitud. Bienestar. Calma. Paz. Un yo físico y mental bronceándose en el centro de los valles Calchaquiés, a los pies de los cerros andinos, no lejos de la frontera con Bolivia.

También estaba la cuestión auditiva. Uno puede cerrar los ojos de manera natural. ¿Debería existir una membrana que taponase voluntariamente los conductos auditivos? No. Esa pieza no encajaba en la Teoría de la Evolución. Así que Townshend Stith Brandegee III minimizó el cloqueo del agua de la piscina cuando se introducía de manera intermitente en la bandeja de reciclaje. Luego, se propuso alejar las voces de aquellas dos mujeres de mediana edad que comentaban el Armand de Brignac servido la pasada noche en la cena, durante la recepción del senador vitalicio llegado de Buenos Aires. Una caterva de relinchos fue eludida de su conciencia, ignorando el partido de polo que ya se anunciaba por los altavoces. Todo sonido iba desapareciendo, borrado uno tras otro de la pizarra negra de los párpados. Rastros blanquecinos de tiza aún en el encerado. Diluidos trazos.

El susurro de las corrientes de aire servía de ruido de fondo cuando le alcanzaba. Eran voces procedentes de las ventanas y portones abiertos a lo largo de la fachada de la estancia de estilo colonial que se erguía más allá de la piscina, pasado el kiosco de música, antes del rancho y de su perímetro de vallas de seguridad. Un muro invisible custodiado por un nutrido cuerpo policial autónomo asesorado por la DynCorp e integrado por antiguos miembros de la seguridad israelí y de la TF-2 canadiense.

Nada le alcanzaba ya. Townshend Stith Brandegee III podía cerrar los ojos, taponar voluntariamente los oídos. Al fin y al cabo, él representaba al ganador en esta selección natural. El triunfo de la Teoría de la Evolución. Nada llegaba hasta aquí, hasta la Estancia de Cafayate. Nada, salvo un delgado cable de fibra óptica que unía a todos los residentes con sus inversiones. Muy lejos, en la City de Londres, el capital invertía el proceso, y mandaba órdenes de compra-venta desde no menos de siete centros financieros off-shore de manera simultánea. Con el paso de los minutos, las órdenes llegaban a los puntos de distribución, dentro de una compleja red abierta las veinticuatro horas del día, y las cajas repletas de munición tintineaban entonces al ser cargadas junto a las piezas de artillería en los camiones habilitados para ello. Nada indicaba la procedencia de las armas; sus restos, en cambio, eran fácilmente localizables tras cada ensordecedora explosión.

De repente, Townshend Stith Brandegee III abrió los ojos, ciego a la luz de sol, distante de sí mismo, mudo ante tanto vacío a su alrededor.

Fuente de la fotografía:

http://www.lec.com.ar/

Century City 02

El 13 de junio de 1972 la principal explanada al aire libre del centro comercial de Century City refulge al sol del mediodía. La ciudad de Los Ángeles se muestra como lo que siempre será, la descolorida realidad de una foto abandonada a la intemperie. Colores pálidos donde la vida se reveló dentro de una cubeta de productos tóxicos, efluvios de un nuevo sueño hecho pedazos.

La fotografía se difunde ya en el espacio y en el tiempo. Primero, a toda la nación, impresa en la contraportada de la edición vespertina del diario Los Angeles Times. Segundo, a todos aquellos que accedan al archivo fotográfico de la Biblioteca de la Universidad de California, en 325 de Westwood Plaza.

Postal, tinta gris, reflejo en un espejo roto.

La fotografía es.

13 de junio de 1972.

 

Gerry Brooks presenta el concurso “la mona más bella del mundo” para la red de emisoras de la KMPC. En su contrato laboral este tipo de trabajos aparecen recogidos en el epígrafe 8.2, según la legislación de medios de comunicación del estado, donde se regula las retrasmisiones radiofónicas fuera del estudio de grabación central. Incluye dieta, gasto de desplazamiento retribuido y tres horas de libre disposición, fuera de la jornada anual efectiva, sin carga sindical. No incluye, por supuesto, la obligación de vestir el tipo de traje que lleva en este preciso momento, cuando alza el brazo derecho y enfatiza con este gesto teatral el que será el nombre de la ganadora. La corbata le sienta bien, la tela de la americana suaviza con su claridad ajustada la línea de sus hombros elevados, su aspecto tosco, la postura agresiva, como de entrenador de segunda en la NFL. Si el sol fuera un asesino, Gerry habría encontrado la muerte perfumado en el aroma de una transpiración abrupta, la camisa blanca de tergal empapada, la corbata en la diagonal de los rayos de luz solar, el corazón arropado dentro de la americana, y su voz modulada, resultona, cálida; tan cálida como el mediodía del verano cercano. Pero él pude con todo, con el calor, con el bochorno del concurso; él resiste allí de pie. Es el precio de la fama. Y Gerry piensa ya en las tres horas libres que le corresponden y en aquel motel, no lejos de la estación central, donde piensa volver a sudar, ahora ya si nada de ropa, a la mañana siguiente, cuando se despida de su mujer tras el desayuno desangelado, como si se tratara de otro anodino día de trabajo, el contrato laboral oculto en un cajón, traspapelado, lejos de ciertas miradas inquisitivas. El nombre de su amante ya en los labios, justo ahora, cuando alza el brazo derecho y de su boca brota…

 

Sobre la plataforma, a un metro diez de altura, Paula Dobbins sostiene la cartulina con su número. Lo de las gafas de sol ha sido idea suya. Los tipos de la organización sólo le han dado la careta de mono. En realidad, a ella le importa bien poco el concurso. Es más, lo ve ridículo. Lo hace por su novio. Porque él se lo ha pedido. Prueba, ha dicho. Los dos estaban de compras, o a punto de ello. De hecho, acababan de aparcar en el parking norte de Century City. No tiene muy claro qué hace allí arriba, a un metro diez de altura, sobre las cabezas de los curiosos. Tal vez el jurado la haya elegido por las gafas. Es extraño. Cuando le han dicho que pasaba a la fase final, junto con esas otras cuatro monas más, bueno, no le ha hecho mucha gracia. No ha saltado de alegría. Se supone que el número 13 trae mala suerte. Y ese número figura en la cartulina. El trece. Su número de concursante. Ahora, en cambio, casi sonríe. Ahora, casi, bueno, hasta le gustaría que el presentador del concurso dijera su nombre. Sólo por fastidiar a su novio. Está harta de probar. Quiere ganar. Por una vez, lo desea. Venga, di mi nombre, piensa. Entonces el presentador alza el brazo derecho y se dispone a dictar sentencia. Mi nombre, piensa ante la atenta mirada de su novio, a diez metros bajo sus pies, entre los curiosos, ojos ocultos bajo unas gafas de sol, rostro cubierto por el látex de una máscara, luz de este mediodía caluroso, ganas de hacer mono. Di mi nombre.

 

A Barbara Westerland no le han entregado la cartulina con su número de concursante. Tampoco es algo que necesite. Barbara va por libre. Es la máxima que rige su vida. A los del club esto les desconcierta. No comprenden dónde está el límite. Mira, Barbara, le dicen, a los clientes hay que serviles lo que piden, ¿lo pillas? Y así una y otra vez. Si uno de esos capullos te grita desde la otra punta de la barra un Glenfiddich doble con agua es lo que tienes que servirle… Sin embargo, ella siempre les interrumpe. Oye, no me sermonees. Tal vez el tipo haya pedido un Glenfiddich pero se nota a la legua que lo suyo son los Vodka Martines. Luego, llega el silencio. Tres o cuatro días más tarde, suelen despedirla (en aplicación del epígrafe 12.5 del contrato a tiempo parcial en Hostelería y Ocio, revisión diciembre 1971). Capullos. Le vendría bien ganar este concurso. Ser “la mona más bella del mundo” es todo lo que necesita en este momento. La libertad es un asunto muy delicado; los principios, también. Y Barabara va siempre así, por libre. Es la máxima que rige su vida.

 

Y de qué le ha servido mirarle a los ojos. De nada. Erlynn Bauer sostiene la cartulina con el número cinco. Todo irradia ese matiz falso, esa luz difusa, de lo imaginado, de las ensoñaciones. Todas las promesas que, un día, él le dijo. Todas son ahora papel mojado bajo este sol brillante, asesino. Dentro de unos minutos, cuando esta pantomima terminé, ella caminará una vez más cogida de su mano por Lincoln Heights, por Mission Road, por Wilshire Boulervard. A lo máximo, ella se detendrá de repente, en mitad de la avenida. Entonces, él la mirara. ¿Te pasa algo, Erlynn? Y ella levantará la cabeza y afrontará esa mirada. Nada, será su respuesta. Mañana ira a la peluquería. Tal vez se corte el pelo. Luego vendrá otro día. Tal falso como éste. De nada. Para eso ha servido mirarle a los ojos. Erlynn es una buena chica, obediente. Una chica disciplinada. Tal vez por eso el disfraz de mona me sienta tan bien, piensa Erlynn. La dulce Erlynn. Levanta la cabeza, chica, venga, el presentador de esta pantomima está a punto de decir el nombre de la ganadora. Es hora de afrontar la mirada del destino.

 

Está tan emocionada. Sus amigas no se lo van a creer cuando se lo cuente por carta el próximo miércoles. Y claro que hay concursos de belleza en el barrio de Jung-gu, a las afueras de Seúl. Faltaría más. Pero en éste, ella, Hye Sun, ha llegado a la gran final. Incluso pude ganar. ¡Qué emoción! Ama esta ciudad. Los Ángeles. Hye Sun ama Los Ángeles. Ya se había presentado a otros concursos de belleza desde que llegó aquí hace un año. Siempre sin fortuna. Sin embargo, hoy, siente buenas vibraciones, como dicen aquí. Además, sus rasgos faciales asiáticos no van a ser un impedimento en esta ocasión. Tan sólo tiene que lucir su precioso cuerpo y esa cartulina con el número cuatro. Es divertido. Tan divertido. Sobre todo después de toda la semana estudiando álgebra avanzada en la universidad. Lo cierto es que empieza a estar algo cansada de tanto número complejo, de tanto espacio de Hilbert, de tanto endomorfiso diagonizable. Vale, de acuerdo, la beca se la concedieron para eso, para llenar su cabecita del algebra aplicada a las computadoras. Pero Los Ángeles es mucho más que las rejas numéricas del departamento de matemática de la UCLA. Por eso ha sido una suerte enterarse de este concurso. “La mona más bella del mundo”. Se trataba en realidad de una campaña publicitaria. En unos días se estrenará la nueva película de una saga cinematográfica de ciencia-ficción sobre unos monos que dominan la Tierra. Algo así. Las reglas del concurso no eran nada complicadas. Las participantes debían vestir lo más “mona” posible (se recomienda biquini o hot-pants), además el rostro estará en todo momento cubierto por una máscara de chimpancé proporcionada por la organización. En juego, un papel para la próxima película de la saga (contrato laboral tipo recogido en el anexo tercero de la legislación estatal de Producciones de Cine y Televisión (convenio AMPTP), supervisado por el sindicato de actores (SAG-CA)). Sería un papel pequeñito. ¿Y qué? Hye Sun adivina ya su nombre en enormes letras a lo largo de Sunset Boulervard, tan grandes y tan altas que los caracteres pueden leerse desde las costas de Corea del Sur. Su nombre. Hye Sun. 혜 순.

 

Denise D’Almeida se guarda un arma en el bolsillo. Infalible. Y no es el biquini rojo que se ha comprado para la concurso. Ni los zapatos de tacón alto. Ni esa suave capa de aceite bronceador que se ha extendido para que sus curvas lubriquen todavía más las mentes del jurado. Su arma oculta es ella. Denise D’Almeida, concursante número dos y amante secreta de Gerry Brooks, el presentador estrella de la red de emisoras de la KMPC. Que Gerry ni siquiera se haya dado cuenta todavía de su presencia allí le resta puntos como amante. ¿Acaso los dedos de él no han recorrido su cuerpo de arriba abajo, el mismo que brilla ahora de manera seductora, bañado bajo los rayos del sol del mediodía? Tan sólo por eso ella no debería acudir a la cita de mañana, en el motel situado a dos manzanas de la estación central donde él trabaja. Sería una pena. Porque arde en deseos de quitarle la ropa. Esa es su parte favorita del juego. Desatarle el nudo de la corbata, la misma que, minutos antes, su mujer habría anudado con sus fríos dedos manchados de café. Sí, Denise arde en deseos de quitarle la estúpida americana, la camisa de tergal, los pantalones acampanados, planchados con esmero. Esa es la parte favorita del juego: recuperar el cuerpo desnudo de la garras de la civilización para devolverlo a un estado de conciencia animal, el cuerpo de Gerry, su aspecto tosco, la postura agresiva de quien domina un territorio. Sí, sería una pena no acudir mañana a la cita. Ahora, en cambio, todo lo que desea es que él diga su nombre. Por eso ella sonríe cuando Gerry Brooks, presentador estrella de la red de emisoras de la KMPC, alza el brazo derecho y sus labios se disponen a pronunciar el nombre de la ganadora. ¡Quiere ver la cara de mono que se le queda cuando ella se quiete su máscara y descubra quién se oculta en realidad bajo el seudónimo de Dominique Green!

Fuente de las fotografías:

(1) Los Angeles Times photographic archive, UCLA Library. Copyright Regents of the University of California, UCLA Library.

http://unitproj.library.ucla.edu/dlib/lat/display.cfm?ms=uclalat_1429_b699_271864&searchType=keyword&k=Century%20City&w=none&x=title&y=none&z=none&s=1

(2) http://www.potamediaarchive.com/Battle.htm

La City 03


Cuando le pregunto al soldado de primera Thomas McCoy por el soldado John G. Ballard, me responde que le busque en el almacén de ojivas nucleares número cinco. La sonrisa mostrada al final de la respuesta me indica muy a las claras lo que muchos opinan ya de él, de John G. Ballard.

—Me cago en la puta, si ese medio chino de Ballard sigue jugando allí, con aquellas jodidas bombas, no tardará en caérsele el pito a cachos.

Es lo que piensan también, claro, sus compañeros de mesa reunidos en torno a él, en la cantina, cuando ya la ración diaria de cerveza asignada al regimiento ha agotado su existencia en forma de barril y los camareros han puesto en circulación un alcohol casero ambarino y dulce.

En el puto almacén de las ojivas nucleares, tío. ¿Te lo puedes creer?

Sí, la verdad, es incompresible. Liarse un cigarrillo allí debe ser de lo más incómodo. Por no hablar de cascársela. Un puto rollo. Da lo mismo, yo sólo me encargo de pasar las revistas eróticas dentro del cuartel, lo que haga cada uno con ellas me la trae floja. Suelta la pasta y recibirás el material. A todo color. Plastificado. Directamente de imprenta. A las revistas sólo les falta una dedicatoria de puño y letra de la tía de la portada. Y, oye, dame unos pavos más y veré qué puedo hacer. Tengo mis contactos. Me saco una pasta así. En serio. Este material está muy demandado porque, claro, los tipos de intendencia no lo añaden a la lista de bienes y mercancías solicitada a la oficina de Moose Jaw. Mucho coleccionista aquí, en este cuartel perdido a tomar por culo, en la provincia de Saskatchewan, en el kilómetro dos mil novecientos dieciocho de la reluciente autopista Transcanadiense. Bueno, eso marca el mojón situado a la altura del desvío. Claro que la cifra sólo la leemos durante el verano. El resto del año todo es nieve. Y un frío helador. ¡Con algo habrá que calentarse, digo yo!

—A mí me da, no sé, que al puto Ballard le va más el rollo de las esposas y las porras de la Policía Militar.

Está claro, nadie tiene ni idea de nada. Y hablar es gratis.

Junto al soldado de primera Thomas McCoy están sentados a la mesa el sargento Ray S. Cummings, el soldado Scott Hirsch y ese otro tan rudo, ese que tiene un bigote espeso, Lewis B. Foster creo que se llama. Da lo mismo, esta panda de degenerados ya sólo tienen ojos para el último número de Modern Man, el de diciembre, justo el que les acabo de pasar, con la portada de miss Hot Cincinnati 1958. ¡Estúpidos! Apuro mi bebida. Cierro el trato. Luego me levanto y recorro varias mesas más. Dos Playboy, tres ejemplares de The Initiation, otro par de Beads Up. No está mal. Me saco una pasta. Y no sólo tráfico con este tipo de publicaciones. Por eso he preguntado por Ballard. Necesito encontrarle. Tengo su material.

Abandono la cantina. Afuera hace frío. Un frío helador. Hiela con fuerza, con un par de cojones. ¡Puto país! ¡Qué coño se le ha perdido a la Reina en Canadá! Vale, de acuerdo, las Fuerzas Aéreas no van a habilitar una pista de despegue y aterrizaje de B-29 en el centro de Londres. No es cuestión de derribar la catedral de San Pablo para ello; y menos todavía sobrevolar el Banco de Inglaterra o la zona de Finsbury Circus con nuestra carga nuclear. Además, los soviéticos están más desprotegidos al este. En caso de ataque, penetraríamos por ahí, por el paralelo 55. Eso pone en las hojas de ruta. Al fin y cabo, recibimos órdenes. Somos soldados, contingente de una guerra que ni nos va ni nos viene. Y aquí estamos.

Camino a lo largo del patio de armas, acorto por los barracones de cocina. Se respira paz, tranquilidad. El viento aúlla en ese instante de la tarde cuando el cielo, ocultado por un manto de nubes, se muestra cansado, abatido, más muerto que vivo, más noche que día. Llego al almacén de ojivas. Entro sin llamar. Ballard está haciendo guardia en la garita colocada en un lateral, ya dentro de los gruesos muros de aquella construcción de techo alto, metálico. Todo está oscuro, excepto la luz que ilumina su rostro y el cuello de su abrigo verde oliva. Ballard lee. Sostiene un libro. Las manos aparecen en parte cubiertas por mitones de lana negra. ¡Menudo gilipollas! Le hubiera caído un buen paquete si quien hubiera entrado así, con este sigilo tan poco dado a la estridencia, luciera dos estrellas en la solapa. Ballard lleva el fusil al hombro. Está de pie. Se le ve concentrado en lo suyo, lejos de la tarea asignada.

Espero que no sea Guerra y Paz. No pude con la película.

Levanta la mirada. Esboza una sonrisa. Me muestra la portada. Se trata de una novela de marcianos.

¿Ya han invadido la Tierra?

Pero él sigue callado. La sonrisa ha desaparecido. Nadie tiene ni puta idea de nada; salvo Ballard. Tal vez por eso me asusta verlo ahí, a sólo unos metros de la puerta doble de acero donde en realidad se almacenan las ojivas. Claro que nadie ha entrado allí. Nadie de nuestro palo. Y los tipos de dos estrellas en la solapa no sueltan prenda. ¡Joder, es demasiando evidente, no me lo trago! ¿Quién colocaría todo el material nuclear en un almacén tan grande, tan a la vista del enemigo, tan solo vigilado por un guardia y protegido por una simple puerta de acero? No cuela.

¿Lo has conseguido? Lo que te pedí…

Por un momento la voz de Ballard me traspasa como si fuera un fantasma. Me acerco a la garita, salgo de las sombras. A esta distancia descubro que no está leyendo una novela. Se trata de una revista, una de esas editadas en formato libro. Hay más en una mesa alta, junto al teléfono y la lámpara de flexo. Viejos números de Analog, de The Magazine of Fantasy and Science Fiction; alguno más reciente, distingo uno de Galaxy, con una portada que no desentonaría si Playboy la publicara en su número de primavera. Revistas de ciencia-ficción. La mayoría editadas en Nueva York. O eso tengo entendido. A mí el material me llega por otro lado, más bien por el circuito de la costa oeste.

Son muy distintos a los que se publican en Inglaterra.

Le miro a los ojos. No sé a qué coño se refiere.

Las historias, los relatos… Es como si los estadounidenses entendieran los hilos que mueven la sociedad. Las piezas clave, ¿entiendes?

Pues claro que sí. La vida es corta. Y si de paso te tiras a la rubia, bueno, eso que te llevas, ¿no? Pero no le digo nada. Eso sería “conversación de cantina”. Así nos gusta llamarlo aquí. A la cantina se va a hablar y a beber. Algunos sólo a beber, como Ballard. Por eso me gusta entregarle el material lejos de allí. Estas charlas ayudan. No sé de qué manera. En el fondo, siempre habla él. Yo sólo me dejo llevar, como un copo de nieve en la tormenta. Me dejo llevar por su voz transparente, por todo aquello que le resulta inquietante, todas aquellas brechas en la superficie de la sociedad norteamericana. Heridas descubiertas tras la lectura de esos relatos de marcianos publicados en Nueva York. La lengua de Ballard  se suelta mientras le paso el material: El número de noviembre de If y el de diciembre de Analog

El automóvil, eso los vuelve violentos, los lanza contra la tecnología, contra esa máquina de sus pasiones ocultas.

…y el extra de Navidad de The Magazine of Fantasy and Science Fiction, recién salido de la imprenta, y el fanzine Inside, con algo de retraso…

Ballard continúa a su rollo:

Y la publicidad incide ahí, en esas pasiones, los vuelve violentos, altera sus hormonas. De ahí el sexo liberador.

…y no sólo le hacía llegar revistas de ciencia-ficción, también materiales inclasificables, peticiones por las que me pagaba bien pero que ponían a prueba mi pudor de traficante de material pornográfico: folletos comerciales sobre la venta de instrumental médico para la práctica de lobotomías, la guía telefónica de los barrios residenciales al oeste de la ciudad de Los Ángeles…

La lengua de Ballard no se detiene:

Todo mezclado con el fascismo del consumo, de lo inmediato, todas las posibilidades abiertas, en una excitación física donde sólo les aguarda la muerte del afecto.

…y textos postmarxistas de la Escuela de Frankfurt, reproducciones de las obras de pintor Paul Delvaux en tamaño rectangular de tarjeta postal…

Han ocultado la realidad bajo la brillante capa de la publicidad, por eso tengo que inventarla. Sí, eso es, debo inventar la realidad con mis relatos, desenterrarla del confort, del entretenimiento, del diseño luminoso.

…y revistas de psicología experimental editadas en Boston, transcripciones de la torre de control de tres de los cinco aeropuertos del estado de Nueva York…

Estoy convencido de que la clave del presente está en el futuro, más que en el pasado. Por eso debo escribir relatos de ciencia-ficción, ¿entiendes?

Claro que sí, tío. La vida es corta. ¿A quién le importa el futuro? Sin embargo, callo. Asiento con la cabeza y me dispongo a anotar su nuevo pedido. Entonces, suenan las alarmas.

El canto de sirenas de la destrucción total.

Suenan las alarmas de combate en la base número tres de las Fuerzas Aéreas británicas en Moose Jaw, Saskatchewan, Canadá.

Pitan en mis oídos. Las sirenas. ¡Joder! Es código naranja. El sonido que brota de todos los altavoces ubicados en la base aérea indica, sin lugar a dudas, un código naranja. ¡Joder, espero que sea otro puto simulacro! ¡Por Dios que sea otro simulacro! ¡Joder! Tengo que obedecer a la llamada. El paralelo 55 nos espera. Somos soldados, contingente de una guerra que ni nos va ni nos viene.

Pero aquí estamos.

Y allí voy yo.

Me alejo a la carrera por donde he venido. Sólo me detengo cuando el brusco y compacto quejido del mecanismo de apertura de la puerta de acceso al recinto de las ojivas nucleares me golpea desde atrás. Giro la cabeza. Las luces del almacén comienzan a encenderse por filas a lo largo del techo alto y metálico. Las dos hojas de la puerta se abren de manera mecánica. Muy, muy despacio. No recuerdo que esto sucediera en los otros simulacros de ataques preventivos. El soldado John G. Ballard, en cambio, permanece muy tranquilo en su garita. Los dos cruzamos la mirada y luego la llevamos a lo que se deja entrever más allá de las puertas del almacén número cinco. Las sirenas no dejan de sonar. Despacio, muy despacio, la realidad se va perfilando más allá. El futuro aparece escrito allí, como en un relato de ciencia-ficción.

¿Preparado para subir de nuevo al Enola Gay, capitán Parsons?

Su voz me traspasa como si fuera un fantasma. Y la sonrisa mostrada al final de mi respuesta indica muy a las claras lo que muchos opinamos de él. Abandono el almacén. Afuera hace frío. Un frío helador. Hiela con fuerza. ¡Joder con la puta Canadá! ¡Qué coño se le perdió a la Reina aquí! ¡Pero qué coño se le perdió! Bien, vamos allá. Las lágrimas cristalizan en diminutas campanas de hielo pulido conforme brotan de mis ojos. Soy incapaz de apartar de mi conciencia las curvas de las ojivas nucleares; tan redondas, tan cargadas de lujuria radioactiva. Bueno, ¡con algo habrá qué calentarse, digo yo!

Fuente de las fotografías:

(1) Portada de la revista Playboy, mayo de 1968.

http://www.philsp.com/homeville/fmi/t2247.htm#A52003

(2) Interior de la revista Playboy, mayo de 1968. Fotografía que ilustra la elección de Angela Dorian como Playmate Of The Year. El automóvil es un modelo Pink AMX.

http://www.planethoustonamx.com/amc_ads/american_motors_ads.htm

(3) (6) Anuncio del modelo AMX de American Motors, publicado en la revista Playboy, mayo de 1968.

http://www.ebay.com/itm/Vintage-American-Motors-AMX-magazine-print-ad-from-May-1968-issue-of-Playboy-/221348448346?pt=LH_DefaultDomain_0&hash=item338965485a

(4) Anuncio del modelo 124 Spider de Fiat, publicado en la revista Playboy, mayo de 1968

http://www.ebay.com/itm/Vintage-FIAT-124-Spider-magazine-print-ad-from-May-1968-issue-of-Playboy-/221348448342?pt=LH_DefaultDomain_0&hash=item3389654856

(5) Anuncio del modelo C, Cortina, de Ford, publicado en la revista Playboy, mayo de 1968.

http://www.ebay.com/itm/Vintage-Ford-Cortina-magazine-print-ad-from-May-1968-issue-of-Playboy/221346921664?rt=nc

(7) Detalle de la página 118 del número de mayo de 1968 de la revista Playboy, donde se recoge el encabezamiento del relato de John G. Ballard “The Dead Astronaut”, publicado en dicha revista.

http://www.sffaudio.com/?p=41193

(8) Obra de Charles Schorre publicada en la edición de mayo de 1968 de la revista Playboy para ilustrar el relato de John G. Ballard “The Dead Astronaut”.

http://www.sffaudio.com/?p=41193

La City 02

City02

“El futuro será como un suburbio en Düsseldorf…”
Declaraciones de J.G. Ballard a Toby Goldstein
en la revista Heavy Metal, abril de 1982

A Ballard hay que buscarle en los suburbios que se extienden al sur de Kyoto, donde el barrio de las flores nunca echó raíces. También hay que buscarle en los suburbios de Johannesburgo, Bangkok y Milán. En la orilla septentrional del río Potomac, en los basureros aledaños a Washington D.C., dentro del perímetro industrial donde se asientan las fábricas de acero y pulpa de papel. Su rastro, el rastro de Ballard, aparece en forma de huellas ondulantes sobre la arena, muy cerca de los chamizos periféricos de Camberra, Nairobi y Ciudad Juárez. Burbujas de ese aire sucio que él suele exhalar han estallado en la superficie acuosa del extrarradio de Manila, San Petersburgo y Suzhou, en la desembocadura del Yangzi. Desde los suburbios de Santiago de Chile a los de Bombay, desde los de Barcelona a los de Teherán, desde los Montreal a los de Luanda. En todos ellos, hay que buscarle.

Y todos ellos, a su vez, configuran uno. El suburbio londinense de Shepperton. Desde allí los contempla. Una visión múltiple formada por imágenes superpuestas y proyectadas sobre el papel enrollado en el tambor de su máquina de escribir. Estamos en 1966. La tarde declina. La ciudad es un ente frío más allá las paredes del cuarto donde lleva encerrado toda la mañana. Quiere escapar de allí, de las pesadillas surgidas a la luz del día, consciente de la gravedad de lo escrito. El sonido del despertador viene en su ayuda. Alarga la mano y lo apaga. Son las cuatro y media de la tarde. Eso marcan las manecillas del reloj. Cubre el cuerpo de la máquina de escribir con una carcasa rugosa de plástico negro. Se lleva entonces el dorso de la mano a la superficie de los labios. Entreabre los dedos. Los vuele a juntar. Respira con dificultad. Por fin se levanta de la silla y abandona la habitación. Camina por el pasillo. Es una casa sencilla. Una construcción unifamiliar donde, en días soleados, Bea, Fay y Jim juegan a recoger las hojas del roble en el pequeño patio trasero. Ama a sus hijos. Ballard ama a sus hijos por encima de todas las cosas. Ninguno de ellos supera los diez años de edad. Tan pequeños, tan aferrados a la vida. Los quiere con una profundidad asombrosa. Un sentimiento único. En la cocina, bebe agua en un vaso de vidrio amarillento y conecta el cable al teléfono de pared. Prepara unos bocadillos fríos con pan de molde. Le gusta untar la mantequilla en las rebanadas. Disfruta con el acogedor impacto del cuchillo cuando golpea la superficie blanca y porosa del pan. Todo es suave, dulce, mientras las visiones de las últimas horas se alejan. Todos aquellos habitáculos de metal deformados, pertenecientes a cientos de automóviles envueltos en un nuevo accidente múltiple entre la violencia y el sexo. Todos los relatos que ha escrito. Carrocerías aplastadas. Parabrisas reventados. Neumáticos que giran libres ya del roce áspero con la lengua de asfalto. Relatos donde un Porche 911 azul oscuro enviste por detrás a un Jaguar E y éste a un Aston Martin DB5 y éste a un Mercedes-Benz 300 y éste a una furgoneta Wolkswagen Combi y ésta a un Citroën gris de dos caballos y éste a un Corvette americano descapotable y éste a un viejo modelo de Jeep Willys de la segunda guerra mundial y éste a un Mini de color rojo y éste a un Dodge alargado de llantas plateadas. Relatos de ciencia-ficción donde escenifica la muerte del afecto humano en un mundo donde la tecnología se ha hecho carne en las líneas aéreo-eróticas de un utilitario, tecnología engrasada por los fluidos corporales de sus protagonistas. Cuentos perversos, amparados en el inconsciente, abiertos a la liberación surgida tras el colapso de todos los tabúes sociales. Pero todo eso queda atrás. Todo ahora es suave, dulce. Ahora sólo le queda esto, aquello que aparece delante de sus ojos. Lo único que le mantiene en pie tras la muerte de Mary. El amor a sus hijos materializado en unos sándwich de jamón y queso. El afecto infinito, humano, racional.

Lleva los bocadillos en una bandeja al salón. Enciende el televisor. Blue Peter está a punto de empezar. Le encanta verlo al lado de sus hijos. Aprenden tantas cosas juntos, en aquel plató de televisión, con los tres presentadores y todos aquellos perros y gatos y tortugas y periquitos. Y Patch es tan divertido, siempre ladrándole a John Noakes. Fay no pude parar de reír cuando eso ocurre. ¡Qué alegría! Y Jim tiene el anuario firmado por el propio Christopher Trace, que un día visitó la escuela por sorpresa. Además Bea trata de imitar en secreto el peinado de Valerie Singleton; el cabello corto, voluminoso, algo despeinado. Sus hijos, Bea, Fay y Jim, iluminados por la luz eléctrica del televisor. Más tarde, los mandará a recoger las hojas del roble. Una cena frugal y, después, a hacer los deberes. Divisiones con tres decimales, las partes de una flor, los verbos intransitivos. Entonces los acostará. Les contará un cuento. Uno con final feliz. Tan distinto de los suyos.

La noche cerrada le conducirá al sillón del salón. Allí se apoltronará. Tal vez llamé a Michael para decirle que mañana le pasará otro relato para publicarlo en New Words. No lo tiene claro. Lo que sí sabe es que los recuerdos de la tumba de Mary, su cuerpo enterrado en el cementerio del consulado británico en una población de la Costa Blanca española, le obligarán a beber más de la cuenta. Los pensamientos se amontonarán. Afuera, el suburbio de Shepperton se desvanecerá, perderá esa consistencia pétrea de ente frío. Todo se confundirá. La televisión estará encendida, sin volumen, el dorso de la mano izquierda reposará entonces, entre trago y trago, sobre las ondulaciones carnosas de los labios. El ceño fruncido. El futuro. Cuando Path morirá de manera repentina en 1971 y Fay dejará de ver Blue Peter. El futuro, también aquí. En este instante. Cuando Ballard se entera ahora de que la BBC ha vendido aquel formato televisivo a más de veinte cadenas de todo el mundo. Tal vez le pongan otro nombre pero el esqueleto es el mismo. Otros John Noakes, otras Valerie Singleton, otros Christopher Trace. Pero el mismo programa, los mismos contenidos, iluminando en los años sucesivos los rostros de niños-perdidos en los suburbios de Alejandría y Los Ángeles, París y Hong-Kong, Río de Janerio y Jartún, Kuala Lumpur y Düsseldorf.

Todos los suburbios donde se perderá en sus pesadillas tecnológicas. Un noche más. Ballard.

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Fuente de las fotografías:

(1) (2)  ‘The Moment’, por Harry North, publicado en la revista Heavy Metal, abril de 1982

http://theporporbooksblog.blogspot.com.es/2012/04/heavy-metal-magazine-april-1982-april.html

La City 01

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A Ballard hay que buscarle en el 18 de Purser´s Cross Road, en West London, en el distrito de Hammersmith & Fulham, la mañana del 4 de abril de 2009.

Está allí, al aire libre, de espaldas a la puerta principal de la casa unifamiliar de dos alturas donde ha luchado infructuosamente por aferrarse a la vida. Ahora, todo ha quedado atrás. Dentro de aquella casa.

Desciende los tres escalones que le conducen al diminuto pasillo de la zona ajardinada, abre la puerta de la verja y se incorpora al tráfico peatonal. Gira a la derecha. Baja hasta el cruce con Parson Green Lane. Allí se encamina en dirección a New King´s Road. Atraviesa el barrio de Chelsea, deja atrás Knightsbridege, bordea Buckingham Palace. Es una mañana de sábado gris. Sin lluvia. Desapacible. Su gabardina es una bolsa de piel mimética, que le hace pasar desapercibido entre los transeúntes. Mira inquieto a un lado y a otro. Busca algo. Un recuerdo. Un lugar donde reconocerse. Él es James Graham Ballard. Él fue, un día, parte de todo esto, aunque naciera muy lejos de aquí, en el otro extremo del mundo, allá por 1930, en Shanghái. El imperio británico nunca abandonó China. Y él no quiere abandonar todo esto. Tal vez lo odie, tal vez le gustaría ver todo lo que le rodea bajo el prisma del apocalipsis, en el instante previo a la implosión nuclear de la bomba H, en ese pulso electromagnético anticipatorio que haría de los automóviles objetos inservibles, bajo un silencio crepuscular, sus ojos alzándose una vez más al cielo para recibir la radiación bastarda de aquella otra que, siendo un adolescente, doró sus pupilas a las afueras del campo de concentración japonés donde fue recluido con tan sólo 12 años, el resplandor anaranjado del sol de Hiroshima.

En todo eso cree.

Y todo eso le mantiene ocupada la mente cuando por fin se detiene al llegar al centro financiero de Londres, al final de The Strand, ya en Fleet Street. La City se ha convertido aquel sábado por la mañana en una imagen de desolación plena, compuesta por elevadas superficies de geometría rectangular. Ahora, las torres caen. Literalmente, están cayendo. Ballard las observa, convertidas minutos más tarde en escombros a sus pies. Entonces, el cielo encapotado se abre arriba en un centenar de ojos dispuestos al azar y sus miradas azules arrojan a la tierra haces compactos de luz que sustituyen a los antiguos rascacielos de hormigón, acero y cristal. El efecto óptico gana en verosimilitud y belleza conforme las columnas de humo espeso, compuesto por cemento y papel desmenuzado, ascienden. Así, de esta manera, se devuelve el polvo al polvo.

Ballard ha muerto. El universo puede, por fin, comenzar a desintegrar los átomos que lo forman. El tiempo camina hacia atrás. Mañana será 3 de abril de 2009, viernes; y pasado mañana, jueves, 2 de abril. Ya quedará menos para empezar el mes de febrero; y menos, también, para volver a ser un niño, en Shanghái, libre del futuro que le espera.

Ballard2

Fuente de las fotografías:

(1) http://www.theguardian.com/business/2013/jul/29/austerity-banks

(2) http://www.theguardian.com/books/jgballard

Edificio Elíseos 01

Eliseos01

“…ha elegido un estilo de severa modernidad,
dentro de un matiz clasicista,
estilo que perdurará a través del tiempo
con la frescura y lozanía
de las obras bien concebidas”
EL MEJORAMIENTO URBANO DE LA CIUDAD DE ZARAGOZA,
artículo aparecido en Heraldo de Aragón,
16 de enero de 1940.

El edificio Elíseos se alza en un solar de mil cuatrocientos cincuenta y ocho metros cuadrados de planta triangular. Se trata de un monumental bloque de viviendas diseñado por Teodoro Ríos Balaguer a finales de 1939. Desde el primer momento, la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza se mostró interesada y financió la obra. Tenía motivos. Más allá de la labor social, el entusiasmo por parte de la clase alta zaragozana al proyecto lo hacía apetecible.

Nada nuevo bajo el sol.

Manos a la obra. Los propietarios del terreno, cierta familia de apellido compuesto, ya habían dado el visto bueno. Tanto el antiguo velódromo, denominado de los Campos Elíseos, como la zona destinada a parque de recreo, incluido el campo de fútbol, fueron demolidos y, a continuación, tras el paso del rodillo, parcelado a conveniencia. La situación estratégica de aquel terreno, tras el cubrimiento del río Huerva en el año treinta, marcó una cruz allí, unión entre las dos vías más importantes del ensanche de Miralbueno. La visión de una urbe moderna y dinámica, recogida por Regino Borobio y José Beltrán en el Plan de Reforma Interior de Zaragoza, iba tomando forma pese al corsé impuesto por los convenios urbanísticos de 1903. La expansión de la ciudad era un hecho. Se consumaba. Y la construcción de un edificio allí, en esa encrucijada de caminos, era clave. Después de él nada sería igual. La urbe crecería, armándose con la determinación arquitectónica del siglo XX. Nada podría impedirlo. Ni siquiera la guerra. Y es que el casco urbano de Zaragoza fue rebasando sus límites calle a calle, mientras los ecos de las batallas reverberan en sus plazas y avenidas, explosiones llegadas del frente, allí, en la sierra de Alcubierre, en las llanuras de Belchite, también en las colinas al sur de Zuera.

Pero a finales de 1939 todo había terminado. O acababa de comenzar. La postguerra no mordió con su hambre ciega las entrañas de los miembros de la Real Sociedad Económica de Amigos del País. Y así, tal y como cuentan las crónicas de la época (ver Heraldo de Aragón, 16 de enero de 1940), dos de sus integrantes, uno de ellos vocal, el otro director gerente de la correspondiente entidad financiera y, a la postre, promotor, se dieron la mano sobre los planos en tinta azul del futuro Edificio Elíseos. El trazado del destino allí, dibujado a escuadra y cartabón, compás y transportador de ángulos.

Venga, echémosle un vistazo al edifico en cuestión. Merece la pena. Si no lo han hecho ya, claro. Allá vamos, al corazón de Zaragoza. Situémonos en la plaza Paraíso, en el extremo más meridional del paseo de la Independencia, justo en la zona habilitada como paso peatonal, y dispongámonos a recorrer con la mirada la incomparable obra de Teodoro Ríos Balaguer.

Eliseos02

Saltemos de 2013 a 1945, año de finalización del proyecto.

Allí está. Allí se alza, sobre un solar de mil cuatrocientos cincuenta y ocho metros cuadrados. De cara al exterior, el edificio destaca por sus dos fachadas; la noroeste, abierta a la avenida General Mola (actual paseo de Sagasta), y la oeste, más soleada, abierta a la avenida Calvo Sotelo (actual Gran Vía). Las dos fachadas se entrelazan gracias a un chaflán curvo que apunta a la plaza, es decir, a la plaza de Basilio Paraíso, en su denominación completa.

Los pies de este edificio de hormigón se hunden en un oscuro y húmedo refugio antiaéreo (condición impuesta desde el año 36 por la Junta de Defensa Pasiva). Todavía por debajo del nivel del suelo, el inmueble cuenta con dos plantas de sótano. A pie de calle, destaca el espacio ajardinado (de cinco metros y medio de ancho) que separa la verja, ya en la avenida General Mola, con la fachada del edificio, en línea con la articulación seguida en todo el lado derecho de esta avenida (ver Comisión de Fomento y Licencias, expediente 1.570, caja 3.174, año 1939). A partir de aquí, del nivel del suelo, el cemento se hace carne alrededor de un esqueleto de hormigón. Un cuerpo de diez alturas: planta baja, ocho pisos de viviendas y un ático. Finalmente, el torreón. Todo en piel de ladrillo y enfundado en un traje revestido con aplacados en piedra.

El modernismo argumenta su presencia a lo largo de la fachada mediante líneas precisas, de una marcada geometría. Además de los troquelados entre las filas de ventanas, se acentúa la verticalidad desde el segundo piso mediante cuatro volúmenes salientes que enmarcan los espacios habitables (un bloque, el correspondiente a los números dos y cuatro de la avenida General Mola, y su opuesto arquitectónico, el número tres de la avenida Calvo Sotelo), así como el chaflán curvo. En lo horizontal, sobresale el balcón corrido con balaustrada que separa bajo su alero la primera altura de pisos y, a continuación, la planta baja con sus ventanales en arco sobre el chaflán (donde se instaló la sucursal crediticia de marras). El vidrio dota de fragilidad al conjunto, si exceptuamos el trabajo de hierro forjado que defiende las puertas de acceso a los bloques de viviendas. El metal contrarresta la inestabilidad y añade, en cambio, geometría (acorde con el plan inicial). Lo hace mediante líneas verticales en las dos hojas, con adornos en bronce de palmetas y lotos, así como con ciertos tiradores curvos acanalados más propios del Art Decó.

Volvamos a la fachada. Más allá del modernismo, o continuándolo, la etiqueta clásica vine de la mano de una decoración floral, tallada en diferentes pilastras de reminiscencias toscanas. Los complementos figuran en la zona superior, en cornisas voladas, por delante de los áticos, pues es allí donde aguardan las cariátides, franqueando los ventanales, las manos relajadas, la mirada perdida en el horizonte, inmaculadas en su pasividad eterna.

Y llegamos al torreón, en realidad un templete, ligeramente retranqueado, de planta cuadrada y abierto por sus cuatro lados; a sus pies, en la zona central, coronando el chaflán, allí, Félix Burriel armó su grupo escultórico: una alegoría del Ahorro, bajo el escudo de la institución financiera propietaria por derecho del edificio. Fue la pieza final; colofón, en noviembre de 1945, a seis años de obras, entre andamios y trabajos de acabado en las entrañas compartimentadas de sus espacios habitables.

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El ahorro, sí, el ahorro. Ésa es la idea allí expuesta, en lo alto, una alegoría, la figura de una mujer fundida en bronce dorado, de seis metros de altura y proporciones adaptadas para compensar los escorzos a pie de calle. El ahorro, allí, tomando posesión del cielo de la ciudad, cual divinidad griega, repartiendo su gracia y su fortuna.

Nada nuevo bajo el sol.

Saltamos ahora de 1945 a 2013, año donde la crisis económica azota la ciudad en el silencio de la inercia consumista.

Porque en esta segunda mitad del año 2013 todo, la crisis, no ha terminado. Ni mucho menos. Quizás no ha hecho más que empezar. La postguerra tras el estallido de la burbuja financiera no muerde con su hambre ciega las entrañas de los miembros de la Real Sociedad Económica de Amigos del País. Porque ellos siguen ahí. Tan sólo debemos tener la valentía de, desde nuestro mirador a pie de calle, en el paso peatonal ubicado justo en medio de la plaza Paraíso, desde aquí, en el corazón de la ciudad, debemos tener el coraje de apartar la mirada de la alegoría del Ahorro para llevarla, en un suave giro de nuestra cabeza, al edifico que aparece a la izquierda, hijo pródigo de aquella Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Zaragoza, digno descendiente de la arquitectura de su padre, aquel anciano de piel de ladrillo y el esqueleto de hormigón surgido de la mente de Teodoro Ríos Balaguer y que ahora se metamorfosea, unos metros más allá, ante nuestros ojos, en un ser descomunal de tientes verdosos, piel de cristal y musculatura de acero. Se trata de la sede central de una de las diez entidades financieras más importantes de España por volumen de negocio, aunque ahora el negocio nada tenga que ver con el ahorro.

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Porque, ¿dónde está ella?

El ahorro, sí, el ahorro.

Bajamos la mirada y la vemos allí, a la puerta de la entrada principal de la monstruosa entidad financiera, en aquel espacio lateral, cerrado, acreditado a los cajeros automáticos, allí, tumbada sobre unos cartones pardos, lejos del cielo, a nivel del suelo, una alegoría, ella, vestida con los ropajes carcomidos de una vagabunda, una mujer fundida en bronce dorado, de seis metros, arrebujada en su soledad, en posición fetal, allí duerme ella, el sueño de los justos, y un ejército de cariátides espera a que ella despierte y dé la señal. Cariátides repartidas por todas las fachadas de todos los edificios de esta ciudad, de todas la ciudades, allí esperan la señal, en cornisas voladas, allí aguardan las cariátides, sus manos de arenisca todavía relajadas, la mirada perdida en el horizonte, inmaculadas en su pasividad finita, administran el tiempo, lo contabilizan, cuentan los segundos, la cuenta atrás, cuando ella abra los ojos y recoja la ira griega, y encienda los cielos, divinidad que repartirá su gracia y su fortuna.

Porque nada impediría esto. Ni siquiera la guerra. Y es que el casco urbano de Zaragoza implosiona, abandona sus límites a la intemperie, mientras los ecos de las batallas reverberan en sus calles desiertas, explosiones llegadas del pasado, del frente, allí, en la sierra de Alcubierre, en las llanuras de Belchite, también en las colinas al sur de Zuera.

Nada nuevo bajo este sol de justicia.

 

 

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Fuente de las imágenes y gráficos:

(1) https://maps.google.es/maps?q=Edificio+El%C3%ADseos+Zaragoza&ie=UTF-8&ei=lH75UY2LOOuO7QbPoIDoAQ&ved=0CAgQ_AUoAg
(2) Fuente propia
(3) http://es.m.wikipedia.org/wiki/Archivo:Zaragoza_-_Edificio_El%C3%ADseos_-_Alegor%C3%ADa_del_Ahorro.jpg
(4) Fuente propia
(5) http://mas.laopinioncoruna.es/graficos/180/evoluci%C3%83%C2%B3n-de-la-deuda-p%C3%83%C2%BAblica-y-privada-de-espa%C3%83%C2%B1a.html
(6) http://www.elexterior.es/el-pib-como-indicador-de-la-autocomplacencia/
(7) http://www.libertaddigital.com/economia/por-que-asusta-espana-si-quiebra-arrastrara-a-francia-y-alemania-1276395312/